Amo el centro. En mis recuerdos de infancia, el sitio más importante de Guayaquil. En mi juventud fue el sitio de mis primeros trabajos y el área al que mis mayores me llevaban a explicarme cómo había nacido la ciudad. Las Peñas, el Malecón y algunas callejuelas me conectan con mi ciudad y me hacen valorar mis raíces.

Rechazo vivir la cotidianidad encerrado en una recta de 6 kilómetros separada de la ciudad por un puente o en gastar los momentos de ocio dentro de las veinte cuadras del barrio, a manera de gheto. Me parece una mediocre forma de vivirla.

Es por eso que saludo como el que más lo que está ocurriendo en la calle Panamá. Así como en su tiempo lo fue el malecón, pues sin él, el centro hoy sería un tugurio, esta calle se está volviendo otro foco de revitalización de la zona.

A pocos metros de donde otrora estuviera uno de los bares más divertidos de Guayaquil, El Gran Cacao, único sitio donde en la barra se encontraba al dueño del banco, al conserje del edificio, y al presidente de las juventudes comunistas compartiendo en la barra aguardiente y oyendo música de Julio Jaramillo, hoy surgen media docena de restaurantes en un área renovada, a pocos meses de que se incorpore como atracción el Museo del Cacao. Esta iniciativa puede dar pie a que se forme un distrito gastronómico en la zona. Es fantástico poder comer viendo el río o en la acera de una calle, en un buen sitio y bien atendido. Mi crítica al proyecto es su visión y su alcance. Una golondrina no hace verano. Los sitios vibrantes del mundo que han logrado convertirse en distritos gastronómicos tienen, entre otras, dos características. Primero, abarcan mucha más área. Muchísima más. Ejemplos en Latinoamérica son el casco histórico de Panamá, o Palermo Hollywood y Palermo Soho en Buenos Aires. Segundo, el entretenimiento, el arte y otras disciplinas están presentes y entremezcladas en el distrito escogido a intervenir. Si se hiciera lo mismo, en paralelo, de forma estratégica en varias áreas del centro, el mercado se encargaría de revalorizar la zona y atraer empresas afines.

El primer sitio al que fuimos esta semana en la calle Panamá fue La Taquería. Impecable. Gran servicio, amable y rápido. Con un menú corto, el restaurante se trata de tacos y burritos. Pero, sobre todo, de tacos. Es común en la mayoría de taquerías que los aderezos de todas sus variedades sean lo mismo, de igual forma con el adobo de las proteínas de los tacos. En La Taquería se destacaron el taco al pastor, la cochinita pibil y el de costra. Este último, cebolla caramelizada envuelve la proteína que usted escoja.

El pastor lo transporta al zócalo, excelente, y al saborear el cerdo de la cochinita pibil, quizá oiga mariachis. Los otros tacos, si bien de muy buen sabor, no nos impresionaron como los antedichos. Las tortillas son de excelente calidad. No le piden favor a las del DF. La taquería, una razón más para ir al centro. (O)