Las nuevas modas y tendencias de nuestra ciudad en cuanto a gastronomía no me gustan. Tampoco las entiendo. Aunque algunas no son particulares, sino mundiales.

Fui a un desarrollo en Samborondón que no se podría definir necesariamente como centro comercial ni tampoco como plaza. Es un híbrido. En cualquier caso, el lugar, como muchos de su estilo, tiene varios sitios de comida, a modo de restaurantes, y mesas afuera, tipo canchón, tanto por su mobiliario, disposición, como por la iluminación que recuerda pasillos de hospital.

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Considero la propuesta de los centros comerciales tradicionales más honesta. Sus locales son de fast food. No lo esconden. Y sus patios de comida, galpones, de frente. Esa es su oferta. Sin embargo, no me agrada como comensal ver locales en estos desarrollos, que pretenden ser restaurantes, en medio de parqueos, luces de hospital, intentando maquillar un sitio que no es más que un patio de comidas glorificado. Un local que vende comida no es necesariamente un restaurante.

Guayaquil va poco a poco perdiendo sus restaurantes stand alone, en los que se podía tener una experiencia, perdiendo así identidad, masificándose.

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En uno de estos sitios, me habían referido un local con comida que me decían era interesante, saludable. Pensé que, salvo que uno coma cierto tipo de productos ultraprocesados y con gran cantidad de químicos, que por lo general están en perchas y no en la mesa de un restaurante, todas las comidas son saludables. En este local no había carta, sino un código QR cuya oferta se tenía que visualizar en una pantalla de siete centímetros de ancho, mientras entraba una llamada al celular y el teléfono me sacaba de la pantalla del menú.

Pedí pan. Me contestaron que no había porque era un sitio de comida saludable. ¡No entendí nada! El pan es uno de los primeros alimentos que el ser humano preparó; prácticamente todas las civilizaciones del globo terráqueo desarrollaron algún tipo de pan, siendo de dieta básica de media humanidad por 14.000 años, y hoy es considerado no saludable y la moda es evitarlo.

Bloomberg informa que la industria del vino ha visto el consumo reducirse tanto que en el último año ha llegado a niveles tan bajos como los del 1961. El vino, un producto intrínsecamente ligado a la gastronomía más que cualquier otro. Ya es normal encontrar en muchos restaurantes healthy cartas sin vinos o cervezas. Esta reducción es en parte atribuida a los patrones de consumo de la generación Z, reportando el Financial Times en este mismo grupo, consciente en teoría de las sustancias no naturales y procesadas que ingieren sus cuerpos, un auge en el consumo de Mounjaro y Ozempic, proteínas sintéticas. Paradójico.

¿Terminaremos celebrando la Navidad con una copa de kombucha, y el Año Nuevo con un smoothie?

Me temo que cada vez es menos agradable salir a comer en Guayaquil. (O)