La película El agua, protagonizada por la debutante Luna Pamies junto a Bárbara Lennie y Nieve de Medina, una historia de mujeres cuya vida queda condicionada por los desastres naturales de su tierra, coproducida por España, Suiza y Francia. El Universo habló en exclusiva con la cineasta debutante.

¿Cómo se siente en Cannes, debutando con su ópera prima en la Quincena de los Realizadores?

Muy feliz, como flotando. Creo que es el sueño de cualquier cinéfila, no solo estar en Cannes sino también en esta sección, la Quincena de los Realizadores, que siempre ha sido como una guía muy importante. Su línea editorial es la que más me representa y en la que más me he inspirado. Uno hace una película en su pueblo, con su familia y de repente estas aquí y dices ¿será verdad o me lo estoy inventando?

¿Cómo ha sido el salto del corto al largometraje para usted?

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Era la evolución natural. Al imaginarme esta historia pensé en una película que requería una envergadura y una duración digna, porque no podía ser desarrollada en un corto. Si quería mezclar la evolución de una joven heroína con su mitología y catástrofe, no podía solucionarlo en 20 minutos. Empezamos a escribir el guion y a hacer el casting de una manera muy orgánica y natural, lo que hizo a su vez que el guion se nutriera. La preparación de la película ha sido lidiar ida y vuelta con lo real.

Impresiona la espontaneidad que se ve en ella ¿cree que esta naturalidad contribuyó a crear la magia, al encanto de la misma?

Para mí es muy complicado diferenciar el documental de la ficción porque yo vengo del primero. Al enfrentarme con esta película que no tiene tanta ficción, pero sí apelación a lo fantástico, decidí rodarlo como un documental, que es lo que más conozco. El equipo era reducido, como lo hemos hecho siempre: en familia. No sé hacer películas, no he ido a la escuela de cine. Más bien, lo hicimos en base a la intuición y sobre todo con la pasión hacia este arte. Me llama mucho la atención la capacidad de observación de los seres humanos, por lo que decidimos forjar esta dinámica entre los actores y actrices, que no se conocían previamente y cuya mayoría no son profesionales. Hemos intentado generar vida y después grabar eso como si fuera un documental.

Luna Pamiés (izquierda) y Bárbara Lennie, en una imagen de la película 'El agua'.

Las declaraciones insertadas de diversas mujeres con su propia versión sobre la catástrofe que ocasionan estas inundaciones ¿son espontáneas?

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¡Ensayado, imposible! Ni esas mujeres que aparecen a lo largo de la película contando trozos de esa de esa mitología ni yo estábamos preparadas para oficializar eso, o para ponerlo en escena. Fue muy importante la confianza que se generó con ellas. Esto, antropológica y sentimentalmente, me impactó muchísimo. Algunas de estas mujeres son en la vida real mi madre, mis vecinas del pueblo, y a algunas no las conocía siquiera. Durante el casting vimos a más de dos mil mujeres de todas las edades, muchas de ellas nos decían que no sabían hablar. Yo les preguntaba “¿cómo que no sabes hablar si estás hablando?” Me rompió el corazón palpar como está estructurado el pensamiento de la sociedad para que la voz de una mujer no se sienta legítima de existir. Por eso, al hacer y montar la película, me vino la idea de rendirles este homenaje para devolverles la dignidad que su palabra se merece. Habrá gente a la que le guste y a la que no, pero yo estoy muy contenta de haberles otorgado este espacio.

¿Cree que el sentirse intimidadas de este modo está relacionado con el género?

No tengo ninguna duda. Ojalá me equivoque y me demuestren lo contrario. Me di cuenta al hacer el casting cómo, en general, las mujeres hablamos más bajito, siempre después de los hombres, y cómo nos cuesta tomar la palabra en público. A lo largo de todo este proceso fílmico hice esta reflexión: es increíble cómo nos cuesta que nuestra palabra tome el espacio público. Tenemos tan integrado este pensamiento de que nuestra voz no es importante, que resulta muy difícil deshacernos de esto.

¿Cómo logró las imágenes del pueblo inundado?

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Las imagines de archivo las conozco y me fascinan porque me acuerdo de la inundación de 1987. Era una niña, entonces naturalmente me marcó muchísimo. Empecé a escribir esta historia con mi guionista y no imaginábamos que iba a haber una inundación. Empezamos el guion en el 2018 y al año siguiente hubo la inundación más grande que se recuerde en los últimos 150 años. Dejó once muertos, que son los que se van al final de la película. Y es que por primera vez teníamos redes sociales móviles y todo el mundo lo podía documentar.

El romance de verano de los dos protagonistas es arrollador. Pero algo sucede en ello que cambia todo, pero no es claro el motivo. ¿Problemas de embarazo?

No sabemos, porque a mí me gusta dejar toda la parte del sexo sugerida. Soy un poco old school al respecto, más aún si la ven menores de edad porque no quería confrontarlos a nada o peor que el cine les impusiera una sexualidad. Cada uno puede imaginar lo que lo que quiera, pero sí fue importante que la realidad supere la ficción, sobre todo con las catástrofes. Cuando vimos que lo escrito cobró vida y nos tocó grabar una catástrofe, nos preguntábamos cómo lo lograríamos. Pero cuando sucedió y vimos cómo la gente lo contaba en directo, supimos que ningún cineasta del mundo lo haría mejor que la propia realidad.

¿Tiene trazos autobiográficos la historia?

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Sí, claro. Es en mi pueblo. Es ahí donde nací, donde crecí y, claro, tiene mucho de mí la película. No sé si tanto en los personajes de manera específica. Al menos me di cuenta de que no me proyectaba en la heroína, si no en su madre, al ser de la generación que me corresponde dentro de las tres mujeres que vertebran la historia. La película es autobiográfica en cuanto a la exploración de ese terreno, del lugar y de esos rituales, porque es mi casa, es mi tierra. En mi película están mi madre y mi amiga de la infancia. Hay muchas emociones. Te da mucho pero, a su vez, es muy violenta a la hora de enfrentarse a todo, incluso el mirarte en el espejo resulta violento.

Hay muchas cosas sugeridas, mucho simbolismo. ¿Logra expresarse mejor a través del cine?

Sí. Y es que el filme tiene muchas capas, y es que así es la vida. Podía haber realizado una película más mínima y depurada, pero no correspondería ni conmigo ni con mi realidad. Las situaciones y la simbología para mí no son nada exótico porque es una parte de mi día a día. Es la vida diaria de ese lugar. Era importante para mí incorporar cómo a la vida le suman muchas cosas, no siempre están organizadas como las presenta el cine en su estructura de inicio-nudo-desenlace. En la vida no pasa así.

¿Ha sentido alguna dificultad especial por ser mujer para hacer cine en España?

Intento no sentirme así. Tenemos la fortuna de estar en un momento muy bueno para las mujeres en el cine español y mundial, lo cual era natural que sucediese. También intento no caer en ese papel de victimización porque al final no se logra más que repetir ese patrón. Más allá del cine, hay algo estructural que nos hace sentir como si tuviésemos que pedir perdón por hacer las cosas. Es algo para reflexionar todas y, personalmente, me ayuda hablarlo con otras mujeres.

En sus próximos proyectos, ¿piensa continuar profundizado en este tema que le resulta tan familiar o emprenderá otros rumbos?

Tengo que hablar con mi psicoanalista, porque a lo mejor ya no es tan buena idea seguir hurgando en estas cosas. Llevo como diez años trabajando sobre los mismos temas. No sé si es el pueblo el que me invita a hacer películas o las películas que me invitan a volver al pueblo. Existe una relación incestuosa y apasionante. Para mí es una buena excusa para volver a casa y estar con mi gente, que es lo que más me hace feliz. Es verdad que quizás es el momento de ir buscando otros territorios. Me gusta mucho vivir. No me siento muy identificada con la necesidad de la industria de producir, producir, producir. Soy lenta. Necesito tiempo para pensar, para observar, para vivir. El ritmo apurado del trabajo está bien, pero vivir esta mejor.