El aficionado y el periodismo, sobre todo de Quito, deben conocer y recordar que a finales de los años 50 y durante los 60 se destacaba Leonardo Palacios, un jugador dotado de virtudes, con fútbol atildado, conductor… Y, además, tenía un disparo fuerte que lo hizo también goleador. Fue futbolista del extinto equipo España y, por supuesto, de la selección de Pichincha. Convocado siempre al combinado nacional y también para reforzar otros equipos de Quito y Guayaquil en partidos internacionales.

Empero, la lista de reconocimientos para volantes ofensivos nacidos en nuestro país es tan numerosa que bien merecería cada uno de ellos un capítulo especial, como son Daniel Pinto, Jaime Galarza, Enrique Cantos, Colón Merizalde, Carlos Pineda, Galo Pulido, Hamilton Cuvi, Héctor Morales y José Villafuerte.

Capítulo especial para dos nombres talentosos, creadores en el medio campo que exhibieron sus maravillosas cualidades en sus equipos, tanto en el país como en el extranjero, y en la selección ecuatoriana. Me refiero a Álex Aguinaga y Carlos Torres Garcés. En México, Aguinaga se convirtió en un jugador al que le sobraba la técnica y aprendió a ser útil en toda la cancha, con grandes condiciones para el gol. Muy considerado en el país azteca por las virtudes anotadas, pero también por su profesionalismo, que fue una de sus cartas de presentación.

En este recorrido por diversas décadas de nuestro fútbol, comparecen dos jugadores de nivel tal que el aficionado debía hacer largas filas para ir a observarlos en el estadio. Hablo de Polo Carrera y Jorge Bolaños, que, desde mi punto de vista, son los dos más notables número 10 nacidos en nuestro suelo. Eran jugadores que tenían un imán, por su capacidad de atraer a sus devotos. La exquisitez para manejar el balón producía una especie de magnetismo para que el aficionado vaya al estadio.

El recuerdo del ‘Pibe’

Jorge Bolaños Carrasco nació en Guayaquil el 26 de agosto de 1944. Desde muy pequeño se destacó por su destreza y picardía natural. Cuando era muy joven, jugaba para el club El Sagrario, en la liga Juan Díaz Salem. Un día lo observó el Loco Balseca, que sin perder tiempo se lo llevó para el Emelec, donde fue figura inmediatamente y, sin cumplir todavía 16 años, se convirtió en uno de los legendarios Cinco Reyes Magos.

Era tal su condición técnica que Fernando Paternoster, en las famosas charlas técnicas, le recomendaba a Bolaños: “Pibe, jugá como tú sabes y hacé en la cancha lo que tenés que hacer”. La prensa lo denominó el Pibe de Oro y él no escondía su vanidad. Conocía que los fanáticos deliraban y lo aclamaban cada vez que, algún encantamiento con el balón, hacía ver muy mal a su custodio.

La selección ecuatoriana no perdió tiempo y lo convocó con apenas 16 años. Desde ese día pasaron diferentes directores técnicos y todos lo convocaron para que sea titular indiscutible de la Tricolor.

Jorge Bolaños en su época como jugador de Emelec.

Bolaños se fue a River Plate de Argentina por solicitud del afamado técnico Renato Cesarini. En 1961 ya brillaba en la tercera categoría y estaba a punto de ser convocado a la escuadra titular. Por conflicto entre el padre del jugador y la dirigencia del equipo argentino, ante los continuos incumplimientos, el Pibe regresó al país. El Milan italiano lo quiso a prueba, pero el padre les contestó que solo con contrato en mano se iría, lo que no pudo suceder lamentablemente.

Antes de su traspaso a Barcelona Sporting Club, Bolaños fue un corto tiempo al América de Quito, en 1970, para evitar que el emelecismo se sintiera frustrado. Con el tiempo, se conoció que todo había sido planificado con Barcelona, donde fue también figura y es muy recordado. Jugó allí entre 1970 y 1976. Fue partícipe de equipos campeones nacionales, como Emelec en 1961 y 1965, y con Barcelona en 1970 y 1971.

Bolaños fue el autor de uno de los goles más hermosos vistos cuando en un partido amistoso jugado entre Emelec y la selección paraguaya, el 31 de marzo de 1965, en una jugada propia de su inspiración vació a los defensas, llegó a la línea donde termina la cancha y superó al arquero paraguayo con un disparo curvo que hizo una parábola extraña. EL UNIVERSO lo calificó: “Fue un gol más para verlo que para narrarlo”.

El Pibe era de esos jugadores inigualables, creído en su calidad. Lideraba a sus equipos, un triunfador a carta cabal. Cuando se retiró del fútbol, se acabaron las cascaritas, los chiches, los sombreritos, las paredes… Se acabó parte de la alegría en nuestro fútbol.

Carrera, un ‘mago’

En esa época dorada de nuestro fútbol, en la capital se mostraba un jovencito lleno de talento, con una zurda mágica. Era Polo Carrera. El periodismo quiteño lo comenzó a llamar el Mago, por su elegancia técnica. Fue figura en el equipo de sus sentimientos, Liga de Quito, donde debutó con apenas 15 años en 1960. Con los albos fue campeón nacional en 1975. También brilló como seleccionado nacional. Jugó en la mayoría de los equipos quiteños.

A finales de 1966, Barcelona hizo noticia al anunciar la contratación de Carrera. Jugó pocos partidos y ya se mostraba muy bien. El barcelonismo soñaba con una delantera de lujo conformada por Wacho Muñoz, Moacyr, Lasso, Polo y Raymondi. Lamentablemente, Carrera sufrió una grave lesión que hizo humo el sueño de ver esa formidable formación canaria. Después de su recuperación, pasó al gran Fluminense, donde por propia versión no pudo adaptarse debido a la idiosincrasia del futbolista brasileño de esa época. También estuvo en el Peñarol de Alberto Spencer en 1968 y en River Plate de Montevideo. En ambos equipos exhibió su clase.

Polo Carrera, en su apogeo con Liga.

Carrera fue campeón con El Nacional en 1973. Él no solo era muy elegante en el trato con el balón; era conocido por su frialdad en el momento de enfrentar al arquero rival y superarlo. Hizo muchos goles en su carrera. Un periodista capitalino escribió: “Polo completó 311 recitales y 88 poesías en la red. Se recuerda un gol formidable que le convirtió de taquito a Barcelona en 1981, cuando vestía la camiseta del América de Quito”.

Cuando el periodismo comparaba las condiciones de Bolaños y Carrera, nadie discutía sobre la calidad de cada cual. En la Costa se alegaba que la facultad de líder dentro de la cancha era una diferencia sustancial a favor del Pibe, quien ordenaba a sus compañeros. Existen anécdotas de las llamadas de atención a sus compañeros cuando no estaban al nivel que precisaba. Polo era de un temperamento más frío. Tenía magia para levantar tribunas, pero él era controlado, sin muchas gesticulaciones. Elaboraba el fútbol que de su talento brotaba.

Vi jugar a los dos en plena capacidad y reconozco que son los mejores en esa posición en la historia de nuestro fútbol. Pero, si tengo que decidir, me quedo con el Pibe de Oro por su virtuosidad avasallante. Nunca faltó en las convocatorias de la selección, donde fue figura, y ni hablar de su arrogante pero valiosa personalidad en cada camiseta que vistió.

Todos los nombrados, en especial Bolaños y Polo Carrera, sabían que eran de esa especie que nunca se extinguirá, porque con su inspiración tiran abajo cualquier muralla táctica, y sus genialidades son un cántico al fútbol. Para aquello Dios los creó y los benefició con esas virtudes. (O)