A las diez de la noche del sábado, cuando todavía seguían ardiendo las brasas del Argentina 2 - Chile 1 y el continente continuaba discutiendo las disparatadas decisiones del árbitro paraguayo Díaz de Vivar (que no es de vivar precisamente), Messi ya estaba en su casa de Rosario descansando. Pero antes de subirse a su avión particular lanzó una segunda granada sobre el cielo de la Conmebol: “Perú tiene equipo, pero está todo armado para Brasil, que maneja todo en la Conmebol… No fui a buscar la medalla porque no quiero ser parte de esta corrupción”. Su primer bombardeo había sido después del Brasil-Argentina, cuando dos jugadas de flagrante penal en el área brasileña no sólo no fueron sancionadas, ni siquiera se pidió revisión mediante el VAR. Eso, en un torneo donde se advirtió hasta el cansancio que todo sería revisado con el VAR, y que este sería inflexible. Efectivamente, se anularon goles por un pelo en fuera de juego, pero dos penalazos no merecieron revisión.

















