Jorge Rivadeneira Vergara es el hermano menor del inolvidable River, el genial caricaturista deportivo cuya producción deleitó a los lectores de EL UNIVERSO por casi sesenta años. Jorge demuestra que la ocurrencia y el buen humor son genéticos. Hincha de Barcelona, ya no sufre por la divisa, hoy tan vapuleada, y se toma las derrotas con buen ánimo. Al caer su equipo ante la Universidad Católica, encendió el celular y me envió este comentario: “Barcelona es como una empresa de entrega de encomiendas: puro paquete”. Su interpretación es más valiosa que el análisis ‘mazamorreado’ e inentendible de los insufribles ‘especialistas tácticos’.
Por el lado de Emelec las cosas no pintan tan bien, pese al entusiasmo de fieles seguidores como mis amigos Carlos Gaibor y Simón Estrada. Aún les queda el recuerdo de la década brillante en tiempos de Nassib Neme, destruida por sucesores incapaces de un acto de contrición. Más bien, amenazan con demandas a quienes señalan su catástrofe administrativa, la cual ha provocado el repudio de socios e hinchas.
Juan Sebastián Vera es un joven seguidor eléctrico que está dedicado a investigar los pasos de George Capwell en Guayaquil. Me sorprende habitualmente con hallazgos como que Capwell no era enemigo del fútbol, como se ha sostenido hasta hoy. El borrador de una alineación de fines de los años 20 lo coloca como defensor en un partido. Hay muchas más cosas que ha encontrado Juan Sebastián, quien tiene listo un libro de revelaciones de la vida deportiva del Gringo guayaquileño, pero no encuentra apoyo para publicarlo. Como están las cosas en Emelec, será difícil lograr auspicio: hoy hay más política que interés deportivo.
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Ha tenido Juan Sebastián la bondad de recordarme el centenario del arribo de George Capwell a Guayaquil. El nuevo funcionario de la Empresa Eléctrica llegó el 14 de abril de 1926, en compañía del belga Gustavo Bross y sus compatriotas Kart O’Brien y Nathan Myers. El cargo que iba a desempeñar el recién llegado era el de ingeniero eléctrico en la planta que estaba siendo instalada en las calles Eloy Alfaro y Portete. En enero de 1927, fue promovido a Superintendente General de la Empresa Eléctrica del Ecuador.
A partir de 1926, y durante veinte años, el deporte guayaquileño tuvo como eje propulsor a George Capwell, nacido a inicios del siglo XX en Olean, estado de Nueva York. La acción inicial de Capwell fue la de haber dado vida legal en 1929 al Club Sport Emelec, al que convertiría en una de las entidades más importantes a lo largo de la década de los años 30 y siguientes, por sus éxitos deportivos, por el ejemplo de su estructura institucional y por la rígida disciplina impuesta al interior del club.
Toda la vida de Emelec entre 1929 y 1946 giró alrededor de la arrolladora personalidad de Capwell, que no solo fue el organizador y el propulsor del club, sino el deportista apasionado que luchaba denodadamente en las piletas, los diamantes beisboleros y los courts de baloncesto hasta llevar a Emelec a múltiples títulos que engrandecieron su historia y que son orgullo hasta el día de hoy.
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Fue, precisamente, esa pasión sin límites en los campos deportivos lo que generó rivalidades con otros clubes y decidió el gran progreso del deporte guayaquileño. Guayaquil fue la “Capital Deportiva del Ecuador” por el crecimiento, en cantidad y calidad, de muchos clubes cuyo fin principal era vencer a Capwell y al Emelec. Así se generaron los duelos con Liga Deportiva Estudiantil (LDE) en natación, béisbol y básquet, que duraron toda la década del 30. Con Capwell como receptor y el aporte de grandes jugadores nacionales y estadounidenses, Emelec debió luchar porfiadamente en los diamantes no solo con LDE, sino también con Oriente y Maldonado. En la década de los años 40, esa lucha beisbolera fue épica entre Emelec, Reed Club, Oriente, Barcelona y Everest. De allí la grandeza que adquirió nuestro béisbol, que llegó a conquistar dos títulos sudamericanos en años posteriores.
Desde su llegada, Capwell fue uno de los autores de la tecnificación de la natación y los saltos ornamentales, deportes en los que había sido un as durante su larga permanencia en la Zona del Canal, Panamá, y en el Rensselaer Polytechnic Institute de Troy, Nueva York, donde se graduó de ingeniero eléctrico. Fue el tiempo de los duelos en la pileta entre Capwell y el joven velocista porteño Luis Alcívar Elizalde, quien fue el primero en derrotarlo en los 50 metros estilo libre.
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La rivalidad entre Emelec y LDE en las piscinas dio origen a un gran crecimiento cualitativo que condujo a la inigualada “Hazaña de Lima”, cuando Ecuador conquistó el título sudamericano en Lima en 1938. Igual ocurrió en las admiradas pruebas desde el trampolín de la Piscina del Malecón entre el Gringo y los saltadores nacionales Elí Jojó Barreiro, Oswaldo Reinoso y Fidel Miranda, de Liga Deportiva Estudiantil.
Capwell destacó también en el baloncesto y mantuvo, en los años 30, el duelo clásico guayaquileño entre Emelec y la LDE, iniciado en 1929 y que existiría por al menos tres décadas. Eran épicas las batallas entre los eléctricos que encabezaba Christian Bjarner y los ligados capitaneados por Juvenal Sáenz. Más tarde, fueron Justo Cuto Morán y Alfonso Quiñónez los que elevaron la enseña emelecista frente a la LDE de Juvenal Sáenz, Víctor Caballito Zevallos y Miguel Cuchivive Castillo; el Athletic de Alfredo Arroyave y el Nene Guerrero; el Everest de Édgar Andrade y el Ferroviarios de Pablo Sandiford, Herminio García, Gonzalo Aparicio y Samuel Cisneros.
Ni hablar de las batallas en los rings porteños entre los emelecistas y los púgiles de los demás clubes. Sin el aporte de Capwell y la rivalidad generada por Emelec, no habrían surgido boxeadores de la talla de Eloy Carrillo, Ruffo López, Carlos Guapala Paladines, Diógenes Fernández, Pepe Barriga, César Salazar Navas, Luis Robles Plaza y muchos más.
La otra obra capital de Capwell, en lo material, fue la construcción del estadio que fue bautizado con su nombre por los socios de Emelec, agradecidos por haber dado a Guayaquil un elegante escenario con cancha de césped (el primero en la ciudad), levantado inicialmente para el béisbol, pero convertido luego en el recinto donde el fútbol alcanzaría cotas de enorme popularidad y que sería sede del inolvidable Campeonato Sudamericano de Fútbol en 1947.
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El doctor Raúl Clemente Huerta, socio de Emelec, dijo de Capwell en un artículo publicado en El Telégrafo, el 28 de diciembre de 1956: “Las primeras raíces, la savia vital, las trajo aquel extraordinario ‘gringo’ Capwell, que pronto vino a constituirse en una suerte de institución guayaquileña. Es que George Capwell no solo fue y es un gran deportista como cultor del músculo y de la destreza física. Fue mucho más. Fue un forjador de hombres. Bajo la égida de su energía y personalidad múltiple, surgió una generación que, al par que aspiraba a obtener la victoria en las lides deportivas, mantenía un alto sentido del pundonor y la caballerosidad”. (O)




