Ricardo Vasconcellos R.: Ya no hay duelos en los clásicos del Astillero

9 de Septiembre, 2018 - 00h00
9 Sep 2018
Ricardo Vasconcellos R.: Ya no hay duelos en los clásicos del Astillero
Ricardo Vasconcellos R.: Ya no hay duelos en los clásicos del Astillero
9 de Septiembre, 2018
9 Sep 2018

Si algo abonó a la popularidad del choque entre Barcelona y Emelec –que Diario EL UNIVERSO bautizó como Clásico del Astillero hace 70 años– fue el duelo entre los punteros y los marcadores que fueron los más trascendentes, aunque nadie que pinte canas o haya perdido la cabellera podrá olvidar los choques entre los zagueros centrales y los centro forwards (¿de qué está hablando este tipo?, se preguntará más de un ‘sabio tacticista’ que ignora la historia de nuestro fútbol o simplemente no le entra).

El ‘duelo’ era la batalla entre dos jugadores de distinta divisa en tiempos en que los futbolistas tenían una posición determinada en el campo. Cada uno de ellos tenía su propia barra que festejaba cuando uno superaba al otro, aunque en la acción siguiente el resultado era contrario. No alcancé a verlos, pero la historia del Clásico relata que el primer duelo lo sostuvieron el célebre marcador de punta torero Juan Zambo Benítez con el alero zurdo argentino Juan Avelino Loco Pizauri.

La historia tiene el encanto de resucitar viejos episodios olvidados u ocultos en los resquicios de la memoria. Hay que tener muchos años y mucho pasado tribunero para traer al presente a Benítez y Pizauri, ambos ya fallecidos. El zaguero barcelonés había nacido en el barrio de Sucre y Boyacá, que tantos cracks dio a nuestro fútbol. Jugaba básquet en Athletic Club y fútbol en el Juvenil España, una especie de filial de Barcelona que manejaba Rigoberto Pan de Dulce Aguirre. Un día lo convencieron de que su futuro estaba en el verde césped y se quedó en el Astillero. Assad Bucaram, dirigente del club Athletic, lo fue a buscar para reclamarle al Zambo el abandono. Desde la vereda le gritó: “¡Devuélveme el equipo que yo no soy tu padrastro para regalarte nada!”. El bueno de Juan, en las muchas charlas que tuvimos por medio siglo, nos contó: “Yo le tiré todo por la ventana y (Bucaram) nunca volvió a hablarme”.

El gaucho Pizauri llegó para el recordado Torneo del Pacífico que se jugó en el viejo estadio Capwell en 1949. Lo trajo para Emelec ese gran dirigente que fue Luis Enrique Baquerizo Valenzuela, el sucesor de George Capwell en el timón eléctrico. Su amistad con José Amalfitani, titular de Vélez Sarsfield, le permitió importar de Buenos Aires a César Che Pérez, Manuel Clemente Bravo, Atilio Tettamanti y Pizauri. Los dos últimos quedaron en la historia azul.

El porteño y el argentino eran bravos y con mal genio en la cancha. Fuera de ella Benítez era muy divertido, de charla ingeniosa y de enorme sentido de la amistad. Se encontraron por primera vez el 1 de junio de 1949 y saltaron chispas de la cancha. Ambos eran dominadores del balón, llenos de recursos. Pizauri intentaba un firulete y el Zambo lo frenaba en seco. Se daban sin perdón pero sin quejas. Caían y levantaban hasta que Boanerges Cevallos, ese gran árbitro, perdió la paciencia y los mandó a las duchas. Fueron los primeros expulsados en la historia del único clásico del balompié ecuatoriano.

La disputa siguió cada vez que se encontraron. El argentino jugó hasta finales de 1950, cuando regresó a su país. Benítez defendió la divisa canaria hasta 1952 en que decidió dedicarse a la dirigencia sindical y luego viajar a Europa a formarse como profesional. Emelec llevó a sus filas en 1953 a quien había sido uno de los forjadores de la idolatría barcelonesa: Galo Papa Chola Solís. Quedaba un gran vacío en el marcaje de la punta derecha. De las filas juveniles se sacó a un anconense que jugaba en otro equipo de Pan de Dulce Aguirre de las Ligas de Novatos: Luciano Macías. Estaba destinado a ocupar un lugar señero en la leyenda. Se formó entonces una retaguardia histórica: Luis Niño Jurado, Carlos Pibe Sánchez y Luciano Pollo Macías.

En Emelec ya jugaba como titular un chiquillo de las Cinco Esquinas que había llegado del Huracán federativo que presidía Marcos Luzuriaga: José Vicente Balseca. Los eléctricos pagaron 1.000 sucres por las fichas de Balseca y un puntero zurdo que más tarde iba a llenar brillantes páginas del periodismo deportivo: Arístides Castro Rodríguez. Este –que era otro loco– nos contaba un día: “La realidad fue que Emelec pagó 999 sucres por el Loco Balseca y uno por mí”.

El que después fuera el muy famoso Loco era centro delantero o interior izquierdo. Lleno de habilidad y picardía se fue ganando fama hasta que en 1954 llegó a filas eléctricas Carlos Alberto Raffo. El entrenador chileno Renato Panay, advirtiendo la veta goleadora del argentino, dispuso que Balseca pase a jugar de puntero derecho. Ese día nació el Loco, el jugador más hábil, eficaz y divertido que haya pasado por ese puesto en toda la historia. Y allí se encontró con Macías, que lo perseguía a sol y sombra y buscaba impedirle los firuletes, mientras el público estallaba de entusiasmo ante cada jugada. El Clásico creció en popularidad gracias a estos dos jugadores, responsables del movimiento de boleterías hasta agotar la taquilla. No se ha visto nada igual, ni se verá con estos desangelados futbolistas de hoy, esclavos de las tácticas, títeres del técnico, desentendidos de las preferencias del público sin saber de qué mismo juegan.

Hubo otros duelos que duraron muchas temporadas. Por el otro lado de la defensa se batían dos valientes cracks: Raúl Argüello y Gonzalo Chalo Salcedo. Este era uno de los más atrevidos y temerarios delanteros que hayan pisado nuestras canchas. No temía a nada. Lo volteaban y se paraba buscando más. Chalo y Raúl eran amigos, pero en la cancha no se tenían ninguna consideración. Aparte, eran dos estupendos jugadores llenos de técnica, pero de gran dureza. Menos violento, pero más técnico era el duelo de Jaime Ubilla y Clímaco Cañarte. El vinceño era tranquilo fuera de la cancha, pero vehemente a la hora del partido. Sabía que tenía una misión complicada porque debía marcar a uno de los mejores jugadores ecuatorianos de todos los tiempos, el siempre recordado Clímaco.

Hubo otros duelos como el del Cholo Sigifredo Chuchuca y Eladio Leiss o el del Flaco Raffo con el Pibe Sánchez, protagonistas de batallas que ya no veremos más; que no vemos hace muchos años porque el fútbol cambió y hoy es más material; se cuidan mucho las ‘herramientas’ con las que se fabrican fortunas inmerecidas que crecen a ritmo de mediocridad y egoísmo.

Tal vez el más curioso de los duelos fue el que llenó por varios años el estadio Modelo. Curioso porque sus protagonistas no fueron jugadores de campo sino dos arqueros: Helio Carreiro da Silva, Helinho, de Barcelona; y Ramón Candado Mageregger.

El brasileño era espectacular, dueño de una agilidad admirable e irrepetible, de allí el apodo con que la afición lo puso en la leyenda: el Pez Volador. El paraguayo era sólido, seguro, de poco vuelo, pero de gran colocación. Eran porteros diferentes en sus virtudes técnicas, pero aportaban a la grandeza de sus equipos. En lo único que llegaron a parecerse fue en su trágico y doloroso final. (O)

Hubo otros duelos como el de Chuchuca y Eladio Leiss o el del Flaco Raffo con el Pibe Sánchez, protagonistas de batallas que ya no veremos más; que no vemos hace muchos años.

Ricardo Vasconcellos R.: Ya no hay duelos en los clásicos del Astillero
Columnistas
2018-09-09T09:24:50-05:00
Tal vez el más curioso de los duelos fue el que llenó por varios años el Modelo. Curioso porque sus protagonistas no fueron jugadores de campo sino dos arqueros: Helinho, de Barcelona; y Mageregger.
El Universo