Para viajeros, para conocedores, para expertos, ninguna otra ciudad en Latinoamérica posee un centro histórico como el de Quito, ni ofrece igual conjunto de iglesias, conventos, edificios coloniales, plazas y monumentos.

Engastadas como piedras preciosas en un damero de calles que se extienden sobre una caprichosa topografía de colinas, pliegues y repliegues montañosos, resplandecen cien sutiles y bellísimas obras en piedra, madera y oro: sean ejemplos el lustral barroco de la iglesia de La Compañía de Jesús, el arte consumado de las capillas de San Francisco, de Santo Domingo, de La Merced, de San Agustín, o del antiguo Hospital San Juan de Dios. Si hace 30 años Quito podía ofrecer todo este arte e historia en sus templos, qué decir ahora que estas joyas han sido restauradas cuidadosa y entrañablemente.

El hecho es que en 1987, el Municipio tuvo el acierto de crear un organismo especializado, el Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural (Fonsal), encargado de las obras de restauración, trabajo que ha realizado con sobresaliente éxito, y no solo en el caso de iglesias con daños y deterioros, sino también en hospitales y otros edificios públicos e incluso privados, como las casas de esa callejuela recoleta y acogedora, que antaño fuera refugio de grandes poetas y bohemios, la calle de La Ronda.

Pero ahora tenemos otro motivo para que Quito continúe acendrando su calidad de Patrimonio Cultural. Me refiero a las antiguas bibliotecas de nuestras universidades y conventos. Técnicos extranjeros, con auspicio del Fonsal, han trabajado desde hace unos años en desempolvar, restaurar, clasificar y catalogar miles de libros, genuinos tesoros de la cultura y también, por cierto, tesoros económicos. Hasta hoy los expertos han catalogado ya 25.000 volúmenes publicados antes de 1830. Un religioso de San Francisco calcula que la biblioteca de su convento contiene cerca de 80.000 volúmenes.

Es fama que los jesuitas tuvieron espléndidas bibliotecas en las colonias españolas, y la de Quito figuraba como la más rica. Alexander von Humboldt calculó en más de 30.000 sus volúmenes. Sin embargo, tras la expulsión de los jesuitas, su  biblioteca sufrió una diáspora: parte de ella está ahora en la Biblioteca Nacional de la Casa de la Cultura y otros volúmenes en distintas colecciones públicas y privadas. Hoy por hoy, las bibliotecas más nutridas son la de San  Francisco, la de Santo Domingo y la de los Agustinos.

Por ventura, este incalculable patrimonio, que ha pasado casi ignorado por tanto tiempo, pronto estará al alcance de estudiosos, turistas y público en general.