Erich Fromm escribió en 1956 que “de todas las empresas humanas, el amor es la que más frecuentemente fracasa”.
No sé si recuperó el optimismo después de escribir El arte de amar. Quizás Ovidio, hace más de 2.000 años, bajo el mismo título, se complicó menos la existencia, limitándose al aspecto terrenal del asunto. Las palabras solo permiten congelar el amor, mas experimentamos la necesidad de expresar lo que sentimos.

El amor no tiene color. Es transparente. Dicen que una sonrisa amorosa cuesta menos que la electricidad pero proporciona más luz. Lo que damos sigue siendo más importante que lo deseado. La magia estriba en la espera.
Las sonrisas no tienen color, dejan traslucir el alma.
Cuando el amor juega con pétalos de rosas, se vuelve  frágil como ellos. Se viste de negro, pide prestado un esmoquin, un vestido formal para el matrimonio, el sepelio. Negro significa solemne: conviene particularmente para distinguir un Mercedes Benz oficial de un modelo particular, pero seguimos siendo racistas. El amor no es rosa, tampoco negro. Podría ser azul como una naranja.
Así lo creía Eluard al ver fotografías de la Luna. Los enamorados prefieren hacer alusión al cielo índigo,  hermoso de pronto, monótono al final. Siendo dinamismo, energía, relámpago, trueno, fuerza arrolladora, debilidad repentina, el amor se mueve entre nubes. Hay apagones en las mejores plantas eléctricas, quiebras súbitas de pasión, cortocircuitos emocionales, fusibles que se derriten cuando las neuronas salen de sus casillas, vaivén inquietante del voltaje. Después del más ardiente romance nos llega la planilla por el consumo de energía, sin opción  a reclamos.

Por más que intentemos adaptar reguladores, sean morales, religiosos o sociales, llega un momento en que la lluvia deja de caer, las represas agotan sus fuentes, nos quedamos secos, áridos, sin lágrimas en reserva. Es cuando nos sentamos en el suelo, damos las espaldas al sol, dibujamos en la tierra cruces, corazones, signos cabalísticos. Si se muere un ser amado, toda la luz se va de pronto: no hay quién pueda componer el medidor.

Nos embriagamos, incluidos los columnistas, con temas emocionales, intelectuales, metafísicos, políticos, mas basta un grave quebranto para devolvernos la mesura. El paso de los años nos indica la proximidad de algún tren manejado por la muerte. Como nunca cumple con los horarios previstos, debemos esperar en el andén, pendientes de las señales eléctricas. Permiten cruces de rieles, caprichos de suerte, se traban de pronto provocando aparatosos accidentes. El amor, como el arte, decía Malraux, es un antidestino. Es también una forma de hacerle un corte de manga a la muerte, lo que llamamos yuca porque damos nombres de legumbres o frutas a todo lo que tiene que ver con el amor o sus derivados.

La piel del gato emite chispas, nuestros cabellos también.
La pantalla en la que miro lo que voy escribiendo chisporrotea cuando acerco mi mano. Pagaría cualquier planilla con tal de amar hasta la saciedad. Por más que estiremos la mano, el lucero nos seguirá desafiando. Si las saetas de los relojes anduvieran hacia atrás, quizás volveríamos a nacer.