La simpática Carrie Bradshaw –el personaje principal de Sex and the City– se voltea hacia sus amigas y les dice, entre admonitiva y sonriente: “Si quieren cumplir con su obligación como mujeres norteamericanas patriotas, vendrán de compras conmigo y gastarán algo de su dinero en esta ciudad”.
La escena tendrá lugar en el primer capítulo de la nueva temporada de esta popular serie de televisión que interpreta la guapísima Sarah Jessica Parker, y refleja lo que probablemente sea la mayor preocupación actual de los norteamericanos: hasta cuándo durarán los malos vientos económicos, y si existe el peligro de que estos se conviertan en una auténtica tempestad.
¿Qué dicen los expertos al respecto?

Jeffrey Sachs, el inefable profesor de Harvard que aconsejaba a Jamil Mahuad, descarta cualquier posibilidad de una nueva Gran Depresión (en referencia a la temible crisis que tuvo lugar en los años treinta). Sachs subraya, con acierto, que aquel colapso no fue resultado directo del terremoto que se produjo en la Bolsa de Valores (como a veces se piensa) sino del derrumbe del sistema bancario que sobrevino a continuación. En esa época los depósitos no estaban asegurados, y cuando algunos bancos comenzaron a mostrar signos de debilidad, cundió el pánico entre los depositantes. Pero hoy los bancos norteamericanos están preparados para soportar embates muchísimo más duros. La Reserva Federal no solo proveería de fondos para que eso no suceda sino que sus mecanismos de control y vigilancia se han vuelto más sofisticados.

Así pues, quedémonos tranquilos: no hay peligro de una catástrofe inmediata.

Pero ocurre que las recesiones y depresiones no son solo malas noticias; también son una forma de corregir desviaciones y de obligar a las economías de mercado a invertir mejor sus recursos. Y muchos expertos opinan que Estados Unidos necesita de una corrección así con urgencia, para moderar los excesos de un modelo económico de predominio casi absoluto de las grandes corporaciones, a las que desde hace 20 años se viene liberando casi completamente de controles y regulaciones “exageradas”.
Hoy ese modelo se está resquebrajando. No me refiero solo a los escándalos de los últimos meses (los de la Enron, Qwest o WorldCom) sino a la abrumadora evidencia de que la transgresión, la venalidad y la estafa empresarial han superado “cualquier cosa que los Estados Unidos hayan visto desde los años previos a la Gran Depresión” (palabras de The Wall Street Journal).

Como digo, ese modelo de corporaciones todopoderosas está obsoleto, pero la fuerza del sistema y las hábiles maniobras de la Reserva Federal han conseguido posponer un colapso que limpie la basura acumulada.

Por una parte, eso es bueno, ya que aleja el peligro de un terremoto económico; por el otro, impone que se sucedan pequeños y medianos temblores que no tienen la fuerza para cambiar el modelo, pero que a la larga podrían tener la misma secuela de desempleo y poco dinero para gastar.
No son buenas noticias para Carrie Bradshaw y sus amigas, por supuesto; pero tampoco las serán para nosotros, se los puedo asegurar.