Uno de los temas por abordarse de manera emergente es el estancamiento de la economía por causa del pago de la deuda externa. La sola renegociación no basta. El servicio de los intereses continúa carcomiendo el progreso del pueblo.

Y esta situación sigue creciendo como bola de nieve porque para poder “honrar” nuestras obligaciones contraemos más deuda, la que absorbe aproximadamente el 50% del presupuesto nacional, que significa, en la misma medida, la postergación de la satisfacción de las necesidades básicas de las grandes mayorías. Nadie crece si entrega la mitad de lo que genera. La que aumenta es la pobreza y, por muchos esfuerzos que hagamos, seguiremos marchando en nuestro propio terreno. Esto es evidente puesto que existe un considerable deterioro de las condiciones de vida a partir de 1995.

Conforme a las encuestas, nueve de cada diez ecuatorianos se encuentran en situación de pobreza. No hay capacidad de producción, menos de ahorro. Nadie se ocupa de incrementar el consumo interno, porque hay el 70% que no puede participar activamente en la economía debido a que sus ingresos son extremadamente precarios. Los beneficios que se obtienen de parte del Estado apenas alcanzan para un minoritario porcentaje de la población, mientras el resto tiene que conformarse con las migajas que se reparten. Menos empleo, mayor subempleo, incremento de la economía informal, más niños trabajando y crecimiento de la violencia y de la delincuencia son los síntomas de una crisis del aparato productivo nacional, provocada, entre otros, por la transferencia de recursos del sector real de la economía a los sectores especulativos nacionales e internacionales. Esto es lo que ha generado la fuerte emigración hacia los países del Norte y el movimiento del campo a las ciudades.

El caso nuestro es el mismo de los países latinoamericanos. Pobres y endeudados de por vida. Es imperativo unir las voluntades de todos los pequeños para demandar piedad de nuestros acreedores. Una fórmula es mediante la condonación de una parte o de uno o varios tramos de la deuda. Otra, sería la suspensión autorizada de pagos por quince años mínimo, de modo que lo que ahora sacrificamos se destine a la inversión social, bajo la mirada vigilante de los organismos de crédito, a fin de que no se vaya el desarrollo a los bolsillos de los corruptos.

Alemania, Indonesia, Polonia, Pakistán han obtenido concesiones que les han permitido una renegociación justa y, en algunos casos, de acuerdo a su capacidad de producción. Naturalmente que no tenemos la dimensión geopolítica de esos países, pero juntos deberíamos intentarlo. Si el primer mundo no quiere recibir las grandes corrientes migratorias de los mal llamados en vías de desarrollo, antes de que se desequilibre su economía y de que experimente síntomas de desajustes sociales por estos motivos, haría bien en pensar sobre lo dicho. Y, en lo que como electores concierne a los ecuatorianos, es necesario obligar a los presidenciables a que nos digan cómo y en qué condiciones tratarán de resolver este gravísimo problema.