Diego Fonseca, un buzo de profundidad

Diego Fonseca, un buzo de profundidad
Diego Fonseca, un buzo de profundidad
El escritor argentino Diego Fonseca visitó Guayaquil para dirigir una 'Clínica' de edición, y para el conversatorio 'Mamá, hay un cronista en la sopa'. Foto: Ernesto Yitux (Cortesía).
Gabriela Jiménez
17 de Enero, 2015 - 00h00
17 Ene 2015 - 00:00

Acostumbrado a hacer preguntas, Diego Fonseca confiesa sentirse tenso cuando los roles cambian, pero acepta la entrevista con una sonrisa. Llegó a Guayaquil por invitación del medio digital gkillcity.com, para liderar una 'Clínica' de edición, que se desarrolló el pasado 13 y 14 de enero, y el conversatorio 'Mamá, hay un cronista en la sopa', en Universidad Casa Grande.

Autor y editor de libros de periodismo narrativo como 'Crecer a golpes', 'Sam no es mi tío' y 'Hamsters'; y de libros de relatos y cuentos como ' El azar y los héroes', 'El último comunista de Miami', entre otros; además de ser editor adjunto de la revista de crónicas Etiqueta Negra, Diego encuentra tiempo y energía para dirigir 'Clínicas', talleres y conversatorios en diversos países de América Latina.

Más que eso, Diego tiene un MBA, una maestría en administración de empresas, otra en desarrollo sostenible y un postgrado en comunicación y crisis. Tiene recuerdos felices las cuatro bandas de rock que integró, como baterista, en su adolescencia; de las competencias de natación en las que participó, de los partidos de fútbol y de rugby. A esa edad el tiempo sobra, dice él.

Pero a juzgar por su agenda, sus publicaciones, y su tranquilidad al conversar, parece ser un maestro del tiempo, no sólo en sus textos.

Si la crónica es un ornitorrinco, ¿qué es un cronista?

Un buzo de profundidad, esa es mi definición. A mí me gusta mucho la definición de la crónica como un ornitorrinco (de Juan Villoro). Pero me parece que un cronista es un buzo de profundidad. 

Veo al cronista de periódico como aquel que está obligado a ir sobre el río de la vida, de las noticias. La corriente del río es el día a día, la realidad, y tu tienes que remar a la misma velocidad que la corriente. De otra manera, el agua, la realidad, te da vuelta, te deja atrás. Te ahogas o acabas chocado contra las piedras. Tampoco puedes ir demasiado rápido, porque puedes llegar a encontrar piedras, que no esperabas, en el camino.

El cronista no tiene la obligación de estar en ese día a día, en esa velocidad según las aguas. El cronista se para al borde de la orilla y elige el lugar del río en el cual se va a zambullir y se deja ir, como un buzo de profundidad, hacia el fondo, hacia el limo.

El limo en los ríos y en los océanos es oscuro, uno no ve con claridad y por ende se debe andar lento. Al andar lento, necesariamente dependes mucho más de tus sentidos. La vista periférica no existe como tal, uno necesita moverse despacio para ir enfocando, y el tacto se vuelve sustancial, porque no sabes qué te vas a encontrar adelante.

Empiezas con un plan, buscando cierto tesoro. A medida que te vas moviendo, lento, si vas haciendo las cosas bien, puedes descubrir que sólo por girar a la derecha hay un nuevo camino hacia otro tesoro, y cambia el punto de vista de la historia. Eso sucede en la construcción de la crónica. Es un intento de encontrar la profundidad de las cosas. Nosotros siempre llegamos tarde, diría Julio Villanueva Chang, y en el camino lento en el que uno va termina encontrándose cosas preciosas que no se esperaban.

Y el gran valor del buzo de profundidad es esa lentitud para tratar de conocer cosas, que de otro modo no se podrían conocer. No en vano, al final del día, allá abajo uno trabaja contra presión.

¿Para qué sirve contar una historia?

Para entender un poquito mejor el mundo y el tiempo que te toca, para sacarte de encima una obsesión respecto a un tema. En mi caso es un intento por comprender, siempre.

Has dicho que "escribir es un diálogo consigo mismo". ¿Cuáles son tus diálogos recurrentes?

La memoria se repite permanentemente; el olvido se repite permanentemente. El intento de saber qué hacemos parados en este pedazo de roca flotante, la tercera en distancia al Sol. Memoria, olvido e historia están todo el tiempo en mis textos.

¿Son los cronistas / periodistas / narradores los historiadores de esta época?

No sé, nunca me he puesto a pensar en eso. Creo que el valor del periodismo o del periodismo narrativo en esta época, tal líquida, diría (Zygmunt) Bauman, está en poner un freno al ciclo de la rueda. Vamos tan rápido que hay que frenar un poquito.

Las cosas no terminan de cambiar que ya están cambiando, y todos necesitamos cierta certidumbre. No podemos pasarnos corriendo en esta liquidez permanente, porque nos vamos a chocar sin saber qué fue lo que pasó un minuto antes, en sentido existencial.

Y creo que el periodismo narrativo o los textos en largo formato lo que hacen es poner ese freno, de seleccionar, como lo hace el buzo de profundidad, un segmento específico del río de la vida, y tratar de explicarlo del modo más profundamente posible. Y eso es un intento por detener el tiempo.

En la palabra crónica, decía Martín Caparrós, está el cronos. Es curioso que el trabajo de uno, que va a llegar tarde, sea tratar de detener un segundo el tiempo, a través de la crónica.

Además, es un trabajo hecho "para distraídos", como dice el eslogan de la revista Etiqueta Negra.

Uno necesita distraerse. Si no se distrae, se lo lleva el río. Aquí, uno necesita distraerse.

Argentino residente en Washington y en continuo recorrido por América Latina, ¿qué opinas sobre el momento que vive la narrativa en la región?

Creo que hay muy buena narrativa en América Latina. Creo que las condiciones y las capacidades técnicas son inmejorables.

Se viene una nueva generación de periodistas con mucha más formación, mucho más interés y unas ganas increíbles por tratar de contar la región. Creo también que estamos empezando a hacer una mirada un poquito más amplia, a recuperar algo de lo que hizo Gabo (Gabriel García Márquez); Tomás Eloy Martínez... Ya no sólo tratar de explicar nuestras pequeñas naciones, y la región, sino tratar de explicar el mundo. Necesitamos pensar mucho más en grande, tratar de contar las grandes historias. Creo que el mejor ejemplo reciente es el (libro) 'El hambre', de Martín Caparrós.

A tu criterio, ¿cuáles son las perspectivas de Ecuador en cuanto a periodismo narrativo?

En la entrega de los premios Gabriel García Márquez (Colombia, noviembre del 2014), me preguntaron por qué no se veía a la crónica ecuatoriana. Dije que era cuestión de tiempo, que hay talento en Ecuador, que sólo hace falta que termine de emerger. Y eso ocurre, también, cuando hay una masa crítica, cuando se generan instancias de exposición de buen material.

Al día siguiente, el documental ecuatoriano 'La Muerte de Jaime Roldós', de Manolo Sarmiento y Lisandra Rivera, ganó (en la categoría Imagen de los premios de periodismo).

A quien me preguntó le dije: mira la respuesta. Yo creo que hay mucho talento acá y lo compruebo cada vez que vengo, y creo que se están encontrando nuevos espacios. El talento, si existe, va a encontrar la vía para poder expresarse. Si un editor no entiende esto, en donde está, en un periódico, revista, canal de televisión, el talento va a encontrar un lugar en otro lado. Nuestro trabajo como editor es lograr que la voz de nuestros autores alcance su mayor potencial.

En tu libro 'Crecer a golpes' (crónicas y ensayos de América Latina a cuarenta años de Allende y Pinochet), escriben reconocidos narradores de diferentes países de América. No hay un ecuatoriano, ¿por qué?

Porque un libro es finito. Mi candidato para Ecuador iba a ser Leonardo Valencia, no lo sabe, lo estoy diciendo ahora, pero no se dio... Quedó fuera Uruguay, Bolivia, un montón de mujeres, porque no podés contar todo. No se puede explicar ni una verdad absoluta ni la totalidad de las cosas.

Pero ahora yo acabo de terminar y está saliendo un libro sobre economía y desarrollo en América Latina, en el que sí hay dos historias de Ecuador, una ocurre aquí en Guayaquil y la otra en Macas. Mi responsabilidad, si voy a escribir de América Latina, es tratar de mirar a cada uno de los países. Tenía una deuda, en ese sentido, con Ecuador; y Ecuador tenía muy buenas historias para poder contar en este libro, al punto de que hay dos.

Te gusta ser editor, ¿por qué?

Sí, me gusta muchísimo leer a la gente. Curiosamente estoy obligado a hablar, pero siempre prefiero callarme y escuchar lo que los otros dicen. Prefiero la contemplación a estar diciendo tonterías. Si abro la boca se me meten las moscas.

Existe cierta expectativa de que el periodismo o la narrativa de no ficción debe contar algo 'objetivo', ¿qué opinas sobre 'la verdad'?

La verdad absoluta por definición no existe. Lo que hay es, según quien esté hablando, una verdad relativa. Cada persona puede tener su propia verdad, a partir de su mirada de las cosas. En la crónica o en el periodismo en general lo que tienes es una mirada sobre determinadas cosas. La verdad es un consenso.

Durante mucho tiempo se intentó trasladar esta idea de que el periodismo tiene que ser objetivo. Creo que la idea de la objetividad es una utopía, en realidad es un balance en el juego de verdades con el que estás trabajando, y al final del día cada persona que está escribiendo tiene un punto de vista sobre esto.

Al exponer una historia, por más que uno elimine la opinión, no elimina su subjetividad. Todos somos un producto social, y como producto social, en cada uno de nuestros actos sociales se expresa nuestra cultura, nuestra ideología. Desde ese momento, la sola organización de un texto es una selección de los hechos que deseas contar. La construcción de la historia expresa un punto de vista, tácita o explícitamente, con el cual terminas por desnudar esa falsedad alrededor de la verdad absoluta. Pero insisto, hay que tratar de contar la historia de la forma más apegada a la realidad.

Tu recomiendas que el periodista o narrador estudie otras profesiones, además o en reemplazo de la carrera de periodismo. En Ecuador se implementó una Ley, que aún está en transición, pero que prohíbe ejercer el periodismo a quien no cuente con un título universitario en la misma profesión. ¿Qué piensas de eso?

Digo que en Ecuador nunca hubiera podido escribir en ningún periódico Walt Whitman, por ejemplo... me parece una estupidez. El talento no necesita de un título para expresarse. Un periodista acepta una escala de valores, acepta tener ética, y no necesitas que un título diga eso.

Yo soy un graduado en la carrera de comunicación, pero el periodismo es un oficio que se aprende. Primero leyendo, tanto a nivel técnico como temático, y después escribiendo. Esto es como el escultor que empieza como aprendiz en un taller y puede llegar a ser un gran artista. Me parece una absoluta tontería tener un título para poder expresarse. Creo que en realidad es sólo un intento por poner un cerco más a la posibilidad de la gente para expresarse. Porque eso (un título) no garantiza nada. Yo tengo una colección de títulos y eso no garantiza nada.

Has hablado antes de un 'trato con el lector'. ¿Cuál es tu trato con el lector?

Uno construye un contrato con el lector. La gente considera verosímil lo que uno dice porque confía en que lo que uno hace es un trabajo de seriedad. Lo único que uno tiene como periodista es un nombre y ese nombre está asociado a su credibilidad. Si uno pierde la credibilidad, pierde su nombre, se rompe el contrato social, y ahí no hay título que importe. El título no garantiza que yo me voy a comportar de acuerdo a la ética o a los valores.

Pienso que el periodista nunca debe faltar el respeto ni a quien está entrevistando, ni al lector inteligente que está frente a su texto.

Julio Villanueva Chang describe al lector como "un infiel, un traidor, un enigma", ¿cómo describirías al lector?

Sí, coincido con Chag. El lector es un gato arisco. Uno intenta acercarse y acariciarlo, y él sale disparado, y en el momento menos pensado se acerca. Bueno, en ese momento aprovecha para darle la caricia necesaria, y para que se quede contigo un rato más, porque después se va a ir a otro lado.

Uno no tiene un matrimonio con el lector, lo que tiene apenas es una salida y son todas, siempre, una primera cita. La puedes joder en cada una de esas (citas) o puedes quedar muy bien. Pero al día siguiente, ¿cómo puedes esperar algo de alguien que tiene un severo problema de memoria? En consecuencia, tienes que volver a convencer a ese lector de que vuelva a prestarte atención.

Uno necesita construir textos tan memorables que resulten indudables en cuanto a su capacidad para ser indelebles en la mente de la gente. A mí me gusta decir que uno tiene que tratar de construir la historia por la cual determinado tema sea recordado. Es difícil, pero es importante en el momento de construir una historia. Uno genera imágenes. Tu autor genera imágenes o ideas que remiten a otras ideas, y esa capacidad de evocación debe ser permanente en un texto de largo formato.

"Mamá, hay un cronista en la sopa", ¿qué buscas y qué encuentras en estos conversatorios?

Tiene que ver con la omnipresencia de la crónica en todos lados, que ya la vemos hasta en la sopa. Conversamos sobre lo que significa hacer crónica y de cómo contar una historia.

Lo que encuentro es gente que está demasiado sola y me preocupa. Las escuelas de comunicación, en general, lamentablemente pueden llegar a operar como una burbuja y aislarse del contexto. En muchas ocasiones, las escuelas de periodismo en América Latina están encabezadas por personas que ya no ejercen la profesión, al igual que ciertos profesores. 

Lo otro que noto es que en el ejercicio práctico de la profesión, por la propia dinámica de los medios y tal vez, en ocasiones, por culpa de decisiones personales, los editores se han transformado en estos supervisores que ven llegar el texto al final, sin haber acompañado en el proceso. El trabajo del editor es estar junto al autor en el proceso de acompañamiento y pensamiento de las historias.

La obsesión por la inmediatez ha matado muchísimo la buena producción de los periódicos en América Latina, y todavía no logran resolverlo. Están pretendiendo correr a la misma velocidad de las aguas, pero en lugar de usar un kayak preparado para correr a alta velocidad, están usando un bote con kilos de peso.

¿Qué les dices a quienes desean narrar historias?

Que nunca van a contar historias si primero no leen. Me parece que es central primero para conocer, segundo para disfrutar, y tercero para encontrar de dónde 'robar' en el camino hacia la construcción de su propio estilo. 'Robar' en el sentido de un aprendizaje activo, de técnicas, de mecanismos narrativos, de historias, que después transformarás en tu propio estilo. Difícilmente uno puede llegar a escribir buenas historias si no es un buen lector, y si no escribe muchísimo todo el tiempo, y si no corriges muchísimo todo el tiempo. Lean todo el tiempo que puedan. (I)

Diego Fonseca, un buzo de profundidad
Cultura
2015-01-18T22:11:38-05:00
Contador de historias, escritor, periodista. Diego Fonseca visitó Guayaquil para dirigir una 'Clínica' de edición, y para dirigir el conversatorio 'Mamá, hay un cronista en la sopa'.
El Universo