La Iglesia católica ecuatoriana y el Ecuador en su conjunto han perdido físicamente a monseñor Antonio Arregui, pero no su legado y su huella como el pastor que no solo tuvo una decisiva participación religiosa, sino social y hasta política en la resolución de los problemas del país.
El 24 de septiembre del 2015, el papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la Arquidiócesis de Guayaquil, asumió el título de arzobispo emérito, pero siguió siendo guía espiritual y voz destacada en la superación de crisis sociales que afectaron al Ecuador.
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Una de sus últimas apariciones públicas fue en las elecciones presidenciales de 2025. Al ejercer su voto, recordó que estamos en “un país libre, gracias a Dios, y cada uno puede elegir lo que le parece que es mejor futuro para la patria”.
Su vida no estuvo libre de polémicas en la defensa de derechos y de la democracia, además de su fe católica. Como presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (cargo que ocupó entre 2008 y 2014) cuestionó temas como el matrimonio gay y la despenalización del aborto, en medio del debate de la Constitución de Montecristi. El expresidente Rafael Correa lo acusó de politizar la iglesia e incluso recibió improperios de otros funcionarios a los que él respondía con diálogo y argumentos. Arregui fue firme en sus convicciones.
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Nacido en España en 1939, se nacionalizó en el Ecuador en 1986. En 2003 el papa Juan Pablo II lo designó arzobispo de Guayaquil y ahí apoyó la red de dispensarios médicos de la Arquidiócesis y creó el Banco de Alimentos Diakonía.
Su aporte alcanza a la academia. En su perfil destaca que fue profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y dictó cátedras en la Universidad de Navarra y en el Seminario Mayor Nuestra Señora de la Esperanza en Ibarra.
La Iglesia católica está de luto, en especial aquellos que recibieron de él un consejo o una ayuda que tocó sus vidas. Ha muerto un hombre de fe y de servicio social, más allá de cualquier cuestionamiento humano. (O)