“Dime con quién andas, y te diré quién eres”. La frase, tan popular en boca de padres y maestros de nuestras etapas de adolescencia e inicios de la madurez, bien podría aplicarse a la realidad sudamericana que ha convertido al Ecuador, según la Policía internacional, en la actual puerta de salida del 70 % de la cocaína que se consume en los principales mercados, ubicados en sitios tan remotos como Australia, Albania y algunos paraísos asiáticos.
¿Con quién andamos en este barrio sudamericano? Justamente con los tres más grandes poseedores de cultivos de coca, que en medio de sus correspondientes selvas levantan infinidad de rústicos laboratorios donde procesan sus hojas hasta extraer su clorhidrato y convertirlas en aquellos bloques minuciosamente envueltos que vemos en los decomisos que hacen las autoridades. Mercancía en la que lucen las iniciales o símbolos de ese orgulloso productor que a sangre y fuego desafía el contrato social.
Y si los dedos de la política regional apuntan hacia acá en ese tema, toma también fuerza aquello de que dato mata relato: Colombia, a pocos años del fin del controversial Plan Colombia que desarrolló con el apoyo económico y militar de los Estados Unidos, ha vuelto a tomar el liderato por largo de los cultivos de coca, con 230 mil hectáreas conocidas. Casi cinco veces más de lo que quedó luego del plan. Seguido del Perú, donde sus capos han optado por el bajo perfil, pero registran al menos otras 95 mil hectáreas de sembríos de coca; tres veces y más que su antigua provincia y hoy país, Bolivia, con al menos otras 30 mil hectáreas de sembradíos de coca registrada, allí donde ser cocalero no es una afrenta e incluso uno de los líderes de ese gremio ocupó la presidencia por largo tiempo.
Sí, con ellos andamos en este barrio sudamericano. Rodeados, generando influencia política en las últimas décadas, donde al menos con dos de ellos hemos hecho parte de iniciativas socialistas que parieron, entre otras cosas, la “ciudadanía universal” que ha facilitado el libre tránsito y actividad comercial ilícita de personajes llegados tan lejos como de Albania y Serbia y que ahora aparecen amenazando de muerte a jueces en plena audiencia y como los “auspiciantes” (término edulcorado) de hombres y mujeres socialmente entroncados en las zonas más exclusivas, que les han servido igual en el lavado de las ganancias, como en el concubinato.
En años recientes parecíamos afortunados, tocados por los dioses, por no haber sido contaminados por el vecindario. Pero eso se acabó, la “isla de paz” se contaminó por la presión de un negocio ilícito que al igual que mueve toneladas de polvo blanco, mueve toneladas de fajos de billetes que requerirán enseguida ser “lavados” al menos de su sucio origen adictivo, porque de la sangre y las lágrimas que quienes lo distribuyen dejan en el camino, las manchas no se borrarán jamás y no hay cartera de lujo, champán o yate que lo justifique.
Ecuador requiere urgente acelerar el torniquete a este desangre social que produce esa actividad, que ha contaminado ya todos los espacios. Pero también es urgente que el vecindario sudamericano ayude, por corresponsabilidad. (O)










