El estudio realizado por la empresa Maluk Research, con corte a enero de 2026, deja entrever un evidente deterioro de la imagen del Gobierno nacional cuando el 65 % de los encuestados desaprueban la gestión del presidente Daniel Noboa, en tanto un 29,59 %, se pronuncia favorablemente al trabajo del Ejecutivo. Se trata de una tendencia decreciente y sostenida en el tiempo, lo cual habla de un desgaste –en algo más de dos años– que ha erosionado su capital político, lo que limita y compromete su accionar. Este grado de desafección del pueblo hacia el régimen adquiere incluso mayor fuerza al analizar los resultados por provincia, en cuyo enfoque territorial, el rechazo escala con un guarismo más significativo. En Azuay el voto negativo llega al 81,34 %; Manabí con el 73,04 %; Pichincha (epicentro de la política) muestra un 68,12 % y Guayas (el músculo económico del país), con el 56,02 %. Se trata de un desplome de la imagen presidencial, en caída libre, lo cual se agrava al no tener una sólida base social que lo respalde y ancle más allá de la coyuntura política o de adhesiones meramente clientelares, convirtiéndolo en una especie de trapecista sin red, casi sin margen al error. A modo de consuelo, estos números rojos solo son superados por la actual Asamblea Nacional, de mayoría oficialista, que reúne un 66,79% de valoración negativa.

Es evidente que las acciones implementadas detrás de las paredes del Palacio de Carondelet hasta ahora han fracasado en el propósito de dar respuestas y soluciones a los principales problemas que agobian a la población, cuyo listado, en orden de prioridad según el mismo estudio de opinión, lidera la inseguridad (44,66 %); el narcotráfico (20,20 %); corrupción (16,43 %); desempleo (5,55 %); estado de la economía (2,86 %); crisis de la salud (2,69 %); falta de obras/inversión (2,65 %); dificultades en el sector educativo (1,08 %), etc.

Si bien la pérdida de adhesión popular puede explicarse por la falta de resultados que satisfagan a la población, también existe una marcada desconexión entre el mandatario y sus mandantes, afectando una comunicación natural que debería fluir, debilidad que potencia los silencios y profundiza los desencuentros. A esto se suman los varios viajes al exterior del presidente y sus comitivas, sin mayores logros reconocibles, lo que abona en el imaginario colectivo la idea de una autoridad ausente y, por lo mismo, distante del dolor y tragedia de quienes viven en pobreza y pobreza extrema.

En ese punto el Estado de propaganda no es suficiente para ocultar debajo de un tapete al Ecuador profundo, ese que cerró el 2025 con una tasa que supera los 50 homicidios intencionales por cada 100.000 habitantes, que lo ubican como uno de los países más violentos de la región. Tampoco se puede maquillar el crecimiento de la pobreza multidimensional y la existencia de un mercado laboral incapaz de generar empleo adecuado, manteniendo en la informalidad y en el desempleo a un amplio segmento de la PEA. También está el deterioro institucional y la penetración de la corrupción en distintos niveles de gestión.

Señor presidente, gobernar es rectificar. (O)