La reciente decisión de los transportistas urbanos de Quito de reducir frecuencias no es un hecho aislado ni una medida coyuntural, sino la manifestación más visible de un sistema que dejó de ser sostenible hace años. Mientras el gremio argumenta incrementos acumulados en sus costos operativos, miles de ciudadanos enfrentan mayores tiempos de espera, menor cobertura y una creciente incertidumbre sobre su movilidad diaria. El debate vuelve a centrarse en lo mismo de siempre: entre el aumento del pasaje o la ampliación de subsidios. Pero esa discusión, repetida por décadas, evade el problema de fondo y posterga una solución estructural que el país ya no puede seguir aplazando.

El modelo actual del transporte urbano, basado en unidades fragmentadas, dependientes del diésel y con baja eficiencia operativa, es particularmente vulnerable a cualquier variación en los costos energéticos y a la falta de planificación integral. Quito dio un paso importante con la implementación de su sistema de metro, financiado en gran medida mediante créditos de organismos multilaterales, lo que demuestra que sí es posible estructurar inversiones de gran escala cuando existe una visión clara. Sin embargo, un sistema aislado no transforma una ciudad por sí solo y lo que hoy se evidencia es la ausencia de una red integrada que articule distintos modos de transporte bajo criterios de eficiencia, cobertura y sostenibilidad.

La experiencia internacional ofrece referencias claras que no deberían ignorarse. Ciudades como Medellín lograron transformar su dinámica urbana al integrar metro, sistemas de cable y buses en un esquema coordinado que redujo tiempos de traslado, mejoró el acceso a zonas periféricas y generó nuevas oportunidades económicas. En varias ciudades europeas, donde el costo del combustible es considerablemente más alto que en América Latina, la población ha optado masivamente por el transporte público debido a su confiabilidad, seguridad y cobertura, lo que a su vez ha permitido contener la expansión del parque automotor y reducir los costos asociados a la congestión y la contaminación.

Persistir en el esquema actual implica asumir costos crecientes que no siempre son visibles en el corto plazo, pero que terminan afectando la productividad, la calidad de vida y las finanzas públicas. Continuar ampliando subsidios sin rediseñar el sistema solo traslada el problema hacia adelante sin resolverlo, mientras que una apuesta por redes integradas de metro, tranvía y trenes interurbanos, financiadas con apoyo de organismos como el BID o la CAF, permitiría construir un modelo más eficiente, energéticamente sostenible y alineado con las necesidades de las ciudades modernas. Cuando el transporte se deteriora, no solo se afecta la movilidad, se limita el acceso al empleo, se encarece la vida urbana y se frena el desarrollo económico; y ese costo, aunque menos evidente, termina siendo mucho más alto que cualquier inversión bien planificada.

Es hora de unir conciencias, lineamientos, banderas, ideologías y transportar al país a un futuro mejor, sostenible y sustentable. (O)