Las relaciones entre ciudadanos a nivel global, nacional y local, se dan en estructuras económicas, culturales, políticas, tecnológicas y jurídicas que son sistemas sociales que, además de dar forma a escenarios de la vida comunitaria, se constituyen en espacios inevitables en la cotidianidad de la gente. Desde esa perspectiva, siendo esos y otros elementos consustanciales a la convivencia social, en los actuales momentos la tecnología ha adquirido un rol superlativo y protagónico para las personas que se relacionan con ella y la utilizan en todos los ámbitos del actuar humano, desde la investigación científica hasta las actividades de la vida diaria en sus diversas manifestaciones.

Los avances en el descubrimiento del funcionamiento de la materia y de sus relaciones internas, son indetenibles y cada vez más vertiginosos. La ciencia que produce tecnología, domina el mundo, porque es el origen de la fuerza que se impone arrolladora. Los beneficios que se derivan de los avances científicos son inmensos y pueden incidir positivamente en todos los campos de la vida de las personas como la salud, el ambiente, la educación y la solución de muchas situaciones que agobian a la especie humana como la pobreza, la inequidad y la injusticia. De hecho, la humanidad siempre ha recibido, parcialmente, esos beneficios.

Sin embargo, esa potencialidad de la ciencia y de la tecnología, si bien se concreta, en parte, en el mejoramiento de las condiciones de vida de todos, está limitada por la lógica de un sistema que prioriza los objetivos de quienes invierten en ellas y tienen el control. Siempre ha sido así, por la irrefrenable necesidad humana de dominar y someter, que ha caracterizado a la historia, pese a que la utopía de la solidaridad, fraternidad y otros valores, ha tenido también gran influencia en el desarrollo de las civilizaciones.

Las tecnologías, también las de la información, funcionan en un marco cultural que reivindica la fuerza y el poder como factores legítimos en las relaciones sociales. Ni la producción de conocimiento científico y menos aún su utilización es neutra, pues responden a los intereses de quienes impulsan su desarrollo en primer lugar y después a los de los otros, que tienen el rol de consumidores en el gran mercado global. La opacidad es la constante en la recolección y utilización de datos de las personas y del medioambiente, que son procesados, por ejemplo, por la tecnología de la inteligencia artificial y sin los cuales no funcionaría. El insumo básico, la información, es de toda la humanidad, de todo el planeta y del universo; y, el gran poder que la procesa y utiliza, es de quienes invierten en esos espacios de desarrollo marcados por el interés comercial y financiero.

Desde este enfoque, nada sutil, pero probablemente irrefutable, lo tecnológicamente correcto, nunca es suficiente porque no resuelve por sí mismo los problemas de la gente común. Resuelve los objetivos de sus creadores y comercializadores, alineados en primer lugar con el rédito financiero y después con las necesidades de la gente… siempre y cuando puedan comprar los productos que les ofrecen. (O)