La información pública, la de verdad, la que compite en atención humana con momentos tan sagrados como desayuno, almuerzo o cena requiere de al menos dos fuentes para ganar un ápice de confianza y respeto antes de ganar la calle. Indispensable que alguien diga día y otro noche; blanco y otro negro; vivo y otro muerto. Impensable que no fuese así, al menos en las aulas y redacciones en las que me formé.

Pero tiempos social, ideológica y tecnológicamente convulsos como los que vivimos hacen a cada rato posible lo que hasta hace poco, apenas décadas, era inconcebible: que el unifuentismo que parecía haber sido ya superado en la gestación de información pública (la que interesa a las masas, no la gubernamental) ahora vuelva con fuerza.

Veo con preocupación que ese unifuentismo gana cada día más espacio en la vorágine de informaciones que circulan en el torrente de datos verdaderos y falsos que circulan por redes, aplicaciones, sitios web, YouTube y toda una infinidad de opciones que están, literalmente, a la mano.

Tener una sola fuente como sostén de lo que se va a decir, muchas veces con la vehemencia y confrontación que exigen redes como X, es, por lo menos, una acción irresponsable. La verdad es esa entelequia que muchos ahora dicen poseer pero que al aplicarle cualquier mínima verificación suele descubrirse fácilmente que no tiene sustento. Y es entonces cuando entra en debate cómo se la está desfigurando en favor de algo o alguien.

Esas hordas de comunicadores autoformados, que con bailes o excentricidades han captado una audiencia a la que “venden” sin remordimiento a sus auspiciantes que les permiten ganar plata y obtener, entre otras cosas, equipos tecnológicos de última generación. Esas a las que nadie les explicó que lo que buscamos los comunicadores académicos es una aproximación a la verdad, que nunca será absoluta, sino afín al ángulo que, a través de las fuentes escogidas para aproximarnos a ella, hemos podido ver, entender, interpretar y luego traducir para una audiencia que confía en ese trabajo profesional.

Pero no. Ahora a gritos, porque parece que el que más fuerte habla mejor comunica, se traslada al público datos sesgados, incompletos, a ratos hasta ilógicos, que el difusor quiere que consuman, y mientras más seguidores lo hagan más rápido será su tránsito al éxito personal. O al económico, que saben puede ser efímero.

Y se aprovechan de aquello científicamente comprobado de que el cerebro humano está más propenso para sentir afinidad con los hechos negativos, para sembrar sin remordimientos al menos un mar de dudas contra alguien cuya reputación resquebrajada puede ser del agrado de quien financia la arremetida digital.

El oficio del comunicador cambió definitivamente. Tan lindo que era. Sentirse como el paladín responsable de acercarse todo lo posible al hecho, para no perderse detalle que luego nuestra audiencia disfrutaría pero, sobre todo, usaría para sacar conclusiones y tomar decisiones. Ahora muchos de los nuevos comunicadores ya no muestran interés en merodear esa verdad, sino en transmitir lo mucho o poco que sirva para manipular y monetizar. (O)