Hace unos días, Kaitlan Collins le preguntó a Donald Trump sobre su examigo Epstein: “¿Qué les diría a las sobrevivientes que sienten que no se ha hecho justicia, señor presidente?” y fue interrumpida con el desprecio que el señor presidente reserva para los buenos periodistas: “Eres la peor reportera. CNN no tiene rating por culpa de gente como tú. Saben qué, esta es una mujer joven y creo que nunca la he visto sonreír”. Serena y profesional, Collins le recordó que no hay razón alguna para alegrarse: “Bueno, estoy preguntándole por las sobrevivientes de Jeffrey Epstein, señor presidente”. Aún más hostil, decidido a desviar la atención del tema urgente, Trump continuó: “¿Sabes por qué no estás sonriendo? Porque no estás diciendo la verdad y eres una organización muy deshonesta y que debería estar avergonzada de ti”. Concluyó así una más de sus reiteradas peroratas contra lo que MAGA y otros fascismos a nivel mundial llaman “fake news media” reviviendo el Lügenpresse (prensa mentirosa) popularizado por los nazis en su campaña antintelectual, anticiencia y antiverdad.

“¡Cállate, chanchita” y “estúpida” forman parte de la lista de insultos de Trump a periodistas. Y esto en público, ante cámaras, como alguien acostumbrado a maltratar sin enfrentar consecuencias. Como los hombres en la red de Epstein, poderosos convencidos de estar por encima de la ley, de haber comprado el derecho al abuso. EE. UU. alardea de imponer “ley y orden”, pero el caso Epstein está en manos de quien fuera el abogado personal de Trump (Todd Blanche) y el Departamento de Justicia de Pam Bondi, también apuntada por él como todo su gabinete servil que inicia sus sesiones con rondas de lambisconería del peor gusto. Es lo bueno del Gobierno de Trump: la obviedad. Obligado por el voto legislativo, Trump tuvo que ceder y publicar los archivos Epstein. Se lo ha hecho tarde, mal, parcialmente: se ocultan aún nombres de pederastas y se expone, en cambio, a las niñas abusadas. Y cuando una periodista hizo una pregunta tan decente como qué les quiere decir el presidente a las víctimas de esta horrible red de abuso sexual, su respuesta fue insultar a la mujer e instruirle sonreír. Sonreír, qué tristeza, como esas niñas fotografiadas en las garras de sus predadores.

¿Saben quién no sonríe tampoco aunque lleve un adorable gorrito azul que se ha vuelto el símbolo de la violencia contra la ternura? El niño ecuatoriano Liam Conejo Ramos. No sonríe en esa infame foto que dio la vuelta al mundo. No sonríe como no lo hacen los cientos de niños detenidos por ICE ni los migrantes indocumentados a los que EE. UU. caza como si fueran animales mientras que España los regulariza porque sabe el valor humano (y financiero) de quienes llegan a un país, con o sin papeles, a construir una vida mejor.

Como ecuatoriana pregunto, sin sonreír, dónde estaba mi Gobierno cuando Liam lo necesitó. Fueron demócratas estadounidenses quienes gestionaron su liberación. Pregunto, como mujer y madre de niñas, por qué debería sonreír ante la pesadilla Epstein cuando la justicia para las sobrevivientes está en manos de un misógino cuyo nombre y los de sus amigos llenan esos mismos archivos. (O)