Es impresionante cómo la literatura puede involucrar al lector, al punto de convertirlo en un fanático de temas y momentos históricos. Esto es lo que me pasa con todo lo concerniente al desarrollo de la potencia romana de la antigüedad. Desde su mitología, heredera de la griega –hube de aprender los dos nombres de cada dios– su geografía de imperio invasor con límites siempre cambiantes hasta los productos de sus letras sublimes que combinan expresiones de la imaginación –menos–, con poderosos frutos de la razón, mucho más.

Cuando una decisión política cayó como un rayo –Octavio Augusto ordenándole a Virgilio que escribiera una epopeya que narrara los orígenes romanos–, nació La Eneida, entronque de un héroe troyano como simiente de la cultura que nacería en el Lacio. Desde entonces, la monarquía, la fundación de la República con senado y leyes y el largo periodo imperial que gozó de encumbramiento y caída, han ido a parar a la literatura y a las pantallas.

En el cine hay películas que cualquier cinéfilo tiene en su memoria: Spartaco (1960), la historia del gladiador que reúne filas de esclavos y se rebela a la autoridad de Julio César; Ben Hur (1959), en la aventura del judío rico que cae en desgracia mientras su pueblo es colonia romana y compite en la más famosa carrera de cuadrigas del cine; Cleopatra (1963), que estrena la grandiosidad cinematográfica sin los recursos tecnológicos de hoy, para lucir a la reina egipcia que enamoró a Julio César y Marco Antonio, como táctica política.

En materia de novelas –esas que llenan los tramos oscuros de la historia, con toda clase de hipótesis– hay tantos títulos que pueden convertirse en una especialización. Vale partir de Los idus de marzo (1948) del escritor estadunidense Thorton Wilder, cifrador de hechos políticos de su tiempo –por algo fue perseguido del macartismo– cuyo solo nombre alude al estadista que fue Julio César y su trágico final. La figura del senador Cicerón fue la preferida por el inglés Robert Harris para recrear en él las últimas luchas del senado con los cónsules que anunciaban las dictaduras. Él también es autor de una formidable Pompeya (2003).

Tomando en cuenta el imperio, cada emperador tiene su novela respectiva. No evito decir que encontré en la red un librito, que no es novela, con el altisonante estilo del colombiano Vargas Vila, titulado El imperio romano (1920). Es obvio pensar que los gobiernos de desquiciados como Calígula y Nerón fueron, de por sí, novelescos; la versión cinematográfica de la vida del primero dio para una cinta casi pornográfica que no pudimos ver durante un buen tiempo. Lo maravilloso de este recorrido es que los grandes emperadores Trajano, Adriano y Marco Aurelio han dado material para grandes novelas. Memorias de Adriano (1951) de Marguerite Yourcenar está considerada una de las mejores novelas del siglo XX y quienes la leemos en la traducción de Julio Cortázar, paladeamos la solidez y lirismo salvados en español, para entender hasta en sus más agudas contradicciones la personalidad de un genio constructor y pensador como fue el protagonista.

Santiago Posteguillo es el actual narrador de casi todo lo concerniente a Roma, con exceso de páginas para mi gusto y sin bucear en las complejas psiquis de esos hombres que aspiraron a la grandeza. (O)