Es la recomendación que ha dado una diputada de apellido Cerda afiliada al movimiento Pachakutik. Lo ha dicho en un acto público dirigiéndose a sus simpatizantes, lo ha dicho en frente a una mesa directiva que escuchaba sin asombrarse de lo que decía; lo ha dicho, además, en un buen castellano, y se ha expresado de forma clara. Que roben, que roben bien, “pero que lo escondan”, es decir, que roben sin que se note; que escondan lo robado. Que no hagan ostentación, que al robar lo hagan con cautela. No lo ha dicho en ninguna lengua ancestral para que no vengan luego a decirnos –como el caso del Sr. Vargas– que es necesario algún traductor. Es una clara incitación al robo, una apología al delito. Pero allí no queda la cosa. Para darle un tinte de comicidad al asunto, la directiva del movimiento Pachakutik, luego de conocer sus declaraciones, le ha pedido a la asambleísta Cerda que dé una “aclaración” a sus dichos. Absurdo. Un pedido de aclaración se hace cuando una expresión verbal o escrita es oscura o ambigua, cuando es contradictoria o ininteligible, cuando no hay claridad en lo dicho. Pero este no es el caso de la asambleísta Cerda. Es fácil observar que a ella le salió de su alma lo que dijo, lo hizo con total convencimiento, sin ninguna reserva; además, se la observa que lo dice hasta con orgullo, con total sinceridad y hasta con entusiasmo, como si estuviera segura de sus palabras.

¿Cómo puede aclararse lo que está claro?

Ya sabemos que en otros países un legislador que diga semejante cosa estaría removido de su cargo de inmediato por el respectivo comité de ética parlamentaria, sin perjuicio de otras acciones. Pero en el Ecuador el problema de lo dicho por la asambleísta Cerda es que ello refleja simplemente una visión generalizada en la cultura social dominante. Lo único que quizás no se haya aprendido es a no ostentar lo robado. En esa parte, la asambleísta ha dado un consejo que pocos siguen. Vemos a seudoempresarios, que pasan de la insolvencia más notoria a vivir faraónicamente en mansiones y condominios de lujo, o apartamentos ubicados en España, Miami, Samborondón, Salinas o Cumbayá. Y no precisamente gracias a su trabajo, a sus ahorros acumulados por décadas, ni por los riesgos que asumieron, sino por haber hecho negocios con el Estado, por estar bien conectados. No solo que roban, y roban descaradamente, sino que no se contienen las ganas y hacen gala de su dinero mal habido. No siguen el consejo de la asambleísta Cerda, de ser discretos.

Esa es la herencia que nos dejó el capo di tutti capi, el jefe de esa pandilla de delincuentes que nos gobernó por más de una década, el que llegó a decir tranquilamente que las coimas eran un asunto entre privados y que los sobornos no afectaban a las finanzas públicas. Bajo su tutelaje toda una clase de nuevos ricos irrumpieron en el país, todos ellos beneficiarios de una corrupción organizada, reclamando para sí reconocimientos. Roban los de izquierda y los de derecha. Roban tanto los hombres como las mujeres, los mestizos como los indígenas, los de la Costa como los de la Sierra y la Amazonía. Es un país que duele. Que duele profundamente. Un país que vive de mentiras y engaños. Un país lleno de ineptos y ladrones. A menos que hagamos algo, será un país convocado al fracaso. (O)