El presidente en su discurso inaugural recordó algo esencial: somos una República democrática, lo cual en nuestra historia solo a ratos se ha respetado, y ciertamente no en los últimos 15 años. Esa República se sustenta en algunos principios: imperio de la ley, separación de poderes y respeto a la libertad individual.

¿Imperio de la ley? Es el antídoto para la discrecionalidad. Que un gobernante no pueda decidir ‘por su regalada gana’ (como Chávez en Venezuela “exprópiese este inmueble”), porque es la puerta abierta al autoritarismo y al abuso que lleva, por ejemplo, a encarcelar a opositores. La ley está por encima de todos y sobre todo de los gobernantes.

¿Separación de poderes? La sabia idea de la imperfección de los seres humanos, y que eso se amplifica con el poder. Es bueno tener ejecutivo, legislativo y justicia de calidad, pero mejor aún, un equilibrio que permita controles cruzados para que ninguno pueda interferir ni situarse por encima de otros, porque casi inevitablemente acaba situándose peligrosamente por encima de los ciudadanos.

¿Libertad individual? Es el reconocimiento de que la sociedad está tejida de individuos, que construimos nuestras organizaciones: familias, barrios, empresas, gobiernos. Y que sobre la base del respeto a la libertad individual (no libertinaje) se construye el respeto a los demás y una mejor colectividad, en particular con el principio “no hagas a los demás lo que no quisieras te hagan a ti” o “si exijo el respeto de mis derechos, debo respetar los de los demás”. La tentación está siempre latente de situar al poder político por encima de los individuos.

Estos tres factores juntos generan un círculo virtuoso que conduce a una mejor vida para todos. Pero hay el riesgo del círculo vicioso: si el poder está por encima de los ciudadanos (la libertad individual es secundaria), se hacen leyes para justificar esa primacía (el imperio de la ley sirve para abusar) y la inexistente separación de poderes lo ratifica (solo existen borregos que levantan la mano). Todos pierden (ejemplo patético Venezuela) salvo los ‘dueños’ del poder.

Pero hay otros temas por enfrentar, y ahí también los principios básicos deben guiarnos.

Ejemplo, reforma laboral. Se insiste en el derecho al trabajo, pero esto jamás puede ser entendido como que la sociedad debe obligatoriamente crear empleos para todos, sino la defensa de los derechos contractuales de los trabajadores. ¿Y para los que no tienen empleo? Ahí la palabra correcta es oportunidades en vez de derechos, crear un entorno donde las personas tengan los incentivos adecuados para querer, unos crear empleos y otros trabajar.

Ejemplo, apertura al mundo. Un principio muy simple: la especialización y el intercambio (de ida y vuelta) son la base del desarrollo. Por supuesto, cada uno busca la especialización más valiosa, pero sea cual sea esta, es mejor para todos el intercambio que la autarquía. La apertura conlleva más oportunidades que riesgos.

Ejemplo, la estabilidad macroeconomía. No es un fin, solo un medio (un marco) para que los temas importantes de la vida puedan desenvolverse mejor. Ya tenemos la dolarización que es un piso fantástico. Hay que agregarle un sensato manejo fiscal, para potenciar el círculo.

… Los principios son siempre la medida… (O)