Hace algunos años se rasgó el velo de isla de paz que recubría los vacíos del Estado. El miedo se dirigió hacia un “nuevo Ecuador” consolidado en un “conflicto armado interno”. ¿Dónde nos encontramos ahora? En un Estado de propaganda donde se dice una y otra vez que se está a uno o dos pasos de “solucionar” la inseguridad. Entre tanto, se desgastó el estado de excepción y la militarización; hasta se pastoreó a los ecuatorianos para ser consultados. Que solo las preguntas de mano dura “golearon” evidencia que este es un populismo penal. “Ahora tendremos las herramientas para luchar contra la delincuencia y devolverle la paz a las familias ecuatorianas” dijo entonces el presidente.
Pasa otro año y el Gobierno recicla discursos para justificar una mayor concentración del poder.
El conflicto con la Corte Constitucional ilustra este escenario. Las cuestionadas leyes lo catalizaron, pero era un enfrentamiento inminente. Es preciso resistir la ilusión liberal de que podría haberse evitado este destino. Lo advertimos en marzo, cuando llamamos a las elecciones presidenciales “un duelo imaginario”. Si ganaba Luisa González serían distintas las imágenes, pero no el fundamento. La Corte era en todo caso un blanco eventual para el autoritarismo, pues ella es el “máximo órgano de control”. Aquí la “técnica política” del populismo penal canaliza la energía contenida en el miedo. Los siguientes pasos, como en otros países de la región, apuntan a su consolidación constitucional.
La corona del autoritarismo es una Constitución hecha a la medida; así formaliza su continuidad histórica. Este es el sentido de la consulta popular propuesta para el juicio político de jueces constitucionales. Se apruebe o no la cuestión, la campaña de desprestigio se ha dado y eso tiene efectos. Los opositores pueden influir el estilo, pero no la dirección de la narrativa. Antes que un movimiento cualquiera en el tablero, esta jugada semeja más una puesta en jaque. Suma así el Gobierno recursos para una Asamblea Constituyente. Con todo, con dos años sin dar resultados positivos, esta administración no es más que una nota al pie de página. Más importancia tiene cómo vamos a enfrentar estos desafíos a nivel personal.
La práctica política contemporánea es la administración de las masas, donde el individuo es diminuto y reemplazable. En ella se organizan los “recursos humanos” de un Estado nacional, que está a su vez insertado en un sistema internacional dominado clientelarmente por el “Norte Global”. Para bien o para mal, es un orden que se quiebra por la aceleración técnica. Con razón el autoritarismo es popular, pues se presenta como más ágil que la democracia. Lo cierto es que ni lo uno ni lo otro ofrecen caminos viables. Esta paradoja es una de las fuentes del miedo, pero adentrarse donde no hay vías es algo a celebrar. Al contrario de estar cercado por las leyes y las normas, allí se encuentra el poder que levanta y desmonta las leyes y las normas. Esa es la relación originaria con la libertad que funda la política y se encuentra en el interior de la persona singular. (O)