El título de este artículo fue uno de los eslóganes de las campañas electorales de Donald Trump, “No more wars”. Fue una promesa que atrajo a muchos electores, cansados de las aventuras militares en Irak, primero, y luego en Afganistán. Guerras incansables, en lugares lejanos, que buscaban cambiar el régimen de esos Gobiernos para convertirlos en democracias estables y, sobre todo, convencerlos de que abandonaran su hostilidad hacia los Estados Unidos. En 2019 Trump proclamaba que las guerras estadounidenses en el Medio Oriente eran el más grande error que se había cometido. Guerras que habían costado billones de dólares y de dudosa necesidad. Las Administraciones demócratas y republicanas que habían auspiciado estas intervenciones militares fueron objeto de duros ataques por parte del candidato y luego gobernante Trump. Se habían olvidado de los Estados Unidos por dedicarse a cambiar a otros países, decía. En su gobierno, por el contrario, su país iba a ocupar toda su atención. “America first”, proclamaba.
Su estrategia sería abandonar el liderazgo de orden internacional, llegar a macroacuerdos o entendimientos con Rusia y China, convertir al mundo en simples esferas de influencias, siendo el hemisferio occidental la esfera que le correspondería dominar a Washington. Su histórico patio trasero. Esta tendencia aislacionista de Trump no ha sido nueva en la historia de los Estados Unidos. El país la ha adoptado por largas épocas y ha tenido gran respaldo popular. En la otra orilla ha estado siempre latente la tendencia opuesta, la que llama a Washington a asumir un rol de liderazgo en el curso de las relaciones internacionales. Fue ese convencimiento el que llevo a Washington a crear un orden internacional luego de la Segunda Guerra Mundial.
Para los Estados Unidos es virtualmente imposible renunciar a su posición de hegemonía mundial. Sus intereses están imbricados alrededor del planeta como pocas potencias en la historia. Las amenazas a su poder son múltiples. Pero la historia también ha demostrado que esa defensa de su estatus no puede ser tal que termine socavando su liderazgo y creando escenarios más complejos. Por ello es que resulta incomprensible para muchos el que, a los pocos meses de haber destruido por completo el andamiaje nuclear de Irán y de haber sometido a sus líderes a que se sienten a negociar un acuerdo de desarme completo, Washington decidiera iniciar una guerra. Lo ha hecho declarando que su objetivo es ahora cambiar al régimen del Gobierno de Irán. El primer paso ha sido eliminar a su líder máximo y su círculo íntimo en uno de sus recientes bombardeos. El resto, es decir, formar un nuevo Gobierno, lo deberán hacer los propios iraníes, según ha dicho Trump. Pero una cosa es salir a las calles a festejar la caída del Gobierno iraní y otra es reemplazarlo. La experiencia demuestra que los ataques aéreos no son suficientes para cambiar regímenes. Se requieren tropas en el territorio y factores internos. En Irán, a diferencia de otras dictaduras, no hay una oposición organizada, aunque sea débil, que pueda formar un Gobierno.
¿Qué fue entonces lo que llevó a Washington a esta aventura militar? Es difícil entenderlo, al menos por ahora.
Lo que sí está claro es que el Medio Oriente se ha destapado como un volcán de violencia, muerte, intereses y rivalidades. (O)













