La Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo Guayas (CCENG), en mi administración, no solo visibiliza la importancia de una práctica artística de alta densidad simbólica, en la que convergen memoria histórica, participación social y resignificación del espacio público, a través de sus murales comunitarios, que no solo constan en sus paredes laterales sino también en la fachada de su edificación, un dispositivo artístico cultural que emerge como una forma legítima de conservación viva.
Gracias a la plataforma Explorarte Ecuador, la institución desarrolló un nuevo concepto visual de su fachada, que lejos de ser simples intervenciones decorativas, los murales operan como dispositivos culturales que median entre el pasado patrimonial y las narrativas vivas de las comunidades que habitan dichos espacios.
Uno de los aportes centrales es su concepción del patrimonio no como un bien inerte destinado únicamente a la conservación material, sino como un proceso social dinámico. En esta línea, sus murales comunitarios funcionan como prácticas de activación patrimonial: reinsertan el edificio histórico en la vida cotidiana y lo actualizan simbólicamente. El edificio patrimonial de la CCENG pretende no solo ser un monumento distante, sino también convertirse en un soporte de memoria compartida que celebra la pluralidad.
Acercar colectivos de artistas jóvenes liderados por una mujer a la que le apasiona el arte transforma al mural en un acto político, cultural y artístico, donde la comunidad ejerce agencia sobre un espacio que históricamente posee un valor simbólico, materializando el derecho a la ciudad: la capacidad de los ciudadanos de producir y resignificar el espacio público, pero sobre todo dar voz, sentido de pertenencia y visibilizar el trabajo de nuevos artistas. Si bien en edificios patrimoniales esta acción adquiere mayor fuerza, se evidencia que la institución no solo celebra identidades; también visibiliza la narrativa ancestral de sus museos y actividades en educación no formal en artes.
Innovar también es romper paradigmas con una narrativa visual que merece ser conservada y exhibida; y, aunque es una intervención culturalmente reversible, es socialmente irreversible: puede desaparecer físicamente, pero deja una huella duradera en la memoria colectiva y en el sentido de pertenencia. Desde esta perspectiva, esta intervención artística enaltece el patrimonio y amplía su valor, incorporando dimensiones inmateriales reconocidas incluso por marcos internacionales, como la Unesco.
No quiero terminar este artículo sin mencionar que los murales comunitarios fortalecen la apropiación social del patrimonio, reducen el vandalismo, fomentan el cuidado del entorno y generan procesos educativos informales. La presencia de murales comunitarios en la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo Guayas tiene un impacto que trasciende lo estético. Refuerza el sentido de pertenencia, genera pedagogía visual, promueve el diálogo intergeneracional y nos posiciona institucionalmente como dispositivos de mediación cultural, capaces de atraer nuevos públicos y de reconfigurar la imagen institucional de la Casa de la Cultura como un espacio abierto, crítico y contemporáneo. (O)