En 1990 lo que Juan había construido mientras yo estaba en cama por un embarazo de alto riesgo sería lo más hermoso que podría darme en un día del que ya tenía yo un recuerdo, como Vallejo. Un inmueble desangelado adquirido en Ayangue era ahora un ensueño de rusticidad refinada que acogía palmeras, sombrillas de paja, conchitas, hamacas, asador, y una casita en el árbol para los chicos. Al frente, un mar que nos abrazaba desnudo de tiempo y su persistencia.
De modo que cuando mi hijo Dani me envió una foto reciente de lo que había sido nuestro refugio –hoy un lugar desgarrado, sin vida, y con un edificio contiguo– me estremecí de espanto. Mas si una cosa no hay es el olvido, escribe Borges; y en un arrebato de saudade decidí compartir mis recuerdos con ese mar que nunca supo que nos fuimos.
Cuando nació Alejandro a los siete meses y pude por fin tocar su carita le susurré que teníamos para él un regalo de eterna memoria. Y como en los cuentos, había una vez un niñito que se enamoró de Ayangue, del contorno de su bahía, del color de sus serpientes, de sus grandes acantilados, de la luz de la aurora y del ocaso. Tanto así que aún hoy busca la belleza en todo lo que emprende.
En aquellas mañanas Dani trepaba al cerro contiguo con un cuchillo y una lanza decidido a enfrentarse con culebras y monstruos. Y si él regresaba con algún bicho descuartizado como ofrenda, Alejo sacaba cangrejos escondidos en las rocas para obsequiarme ante un sol irreverente.
A la hora de almorzar y con los cuerpos añejados de tanto bucear, comíamos pescado frito y maduro en palito en el quiosco de doña Juliana, mamá de Wilmer, jefe actual de la comuna. Dani aprendió a pescar, su gran pasión, en las canoas de la gente de la comuna dirigida entonces por don Daniel, padre de Wilmer. Entre todos organizábamos mingas para recoger la basura de los turistas y colgar cadenas para evitar el paso de carros a la playa. Menudas peleas nos llevamos con varios afrentosos.
En las tardes, mientras Alejo cazaba alacranes en la bodega y buscaba caracoles y piedras para adornar la crujiente escalerilla hacia el piso de arriba, Dani iba al pueblo a jugar en un Nintendo alquilado y enfrentar “al mono ladrón”, la delicia del barrio, al que acusaba de robarle sus chocolates hanuka.
Para cenar cocinábamos espaguetis que los adultos disfrutábamos con vino y después nos divertíamos en familia con juegos de mesa, escuchando música country, jazz, salsa, boleros y clásica. Otras noches hacíamos fogatas y cantábamos con mi guitarra hasta que las celosas estrellas se fugaban a otros cielos. Con la luna bien peinada le cantaba a Alejo Duerme, negrito (M. Sosa), una tonada convertida en legado musical. Luego veíamos una película en VHS y con el rugido de las olas algún hechizo intimaba con la vida.
Pregunto a Juan si algo más le resuena de esos años y responde divertido: “Cuando me confundí y eché al basural unas fundas con sobrecamas y sábanas recién compradas”. Y sí, de eso también hubo. Fueron los de Ayangue soplos de vida y, a diferencia de Borges, confieso sin remordimiento que allí fui feliz. (O)