Marianne es un símbolo de Francia, una joven mujer con el gorro frío rojo, una leve túnica blanca, casi siempre con el pecho abierto. Puede ser pintada o esculpida. Anteriormente la figura alegórica que representaba a la patria de los franceses era Galia, tocada con casco y armadura, quizá encarnaba más a la monarquía que a la nación y, a finales del siglo XVIII, fue paulatinamente reemplazada por la plebeya Marianne, más afín a una manifestante popular que a una noble guerrera. Es una personificación omnipresente y de carácter oficial, su importancia en Francia es muy superior a la que tienen imágenes de similar propósito como el Tío Sam en EE. UU. o John Bull en el Reino Unido. Su origen es discutido, pero a lo largo del siglo XIX afianzó su simbolismo, más cercano al Estado republicano que a la nación étnica.

No se registraba la identidad de las mujeres tomadas como modelo para Marianne hasta 1969, año en el que una consulta popular estableció que su rostro sería el de Brigitte Bardot. Fue un acierto iconográfico e ideológico. Los rasgos desafiantes de la actriz parisina, protagonista de atrevidos filmes, con una vida sentimental tormentosa, rubia de ojos oscuros, representaba lo que entonces Francia buscaba ser. Pocos meses antes el país había sido sacudido por las revueltas estudiantiles con apoyo obrero, en mayo del 68. La “nueva ola” (“la nouvelle vague”) nacida en el cine francés, barrió todo el mundo de la cultura y aun de la vida cotidiana con propuestas transgresoras. Y el existencialismo, referenciado en Sartre y Camus, se convertía en una opción de vida. BB era esa Francia que quería el cambio. La del amor libre, en bluyín y chompa de cuero.

Pero tan pronto como en 1973 todo dio un giro. Marianne Brigitte anunció que dejaba el cine, arte que la había catapultado hacia la gloria. Fue más personaje que actriz, sin embargo, grandes directores, como Robert Wise y Jean-Luc Godard, filmaron con ella. Su huella sería un testimonio histórico más que un legado cinematográfico. Lejos de las cámaras se dedicó a defender a los animales, esta labor era encomiable en tanto en cuanto se insertaba en la defensa de la naturaleza. Pero al avanzar su militancia comenzó a topar con manifestaciones culturales cuya práctica puede resultar chocante para la sensibilidad francesa, pero a la que tienen derecho sus cultores, si sus acciones no atentan contra derechos de terceros. Ocurre así con los islámicos, cuando degüellan corderos con motivo de la Fiesta del Sacrificio.

De allí se resbaló al antiislamismo y a defender otras posturas que la alinearon definitivamente con la extrema derecha de los Le Pen, llegando a respaldar a los movimientos antivacuna y a casarse con un activista de estas tendencias. La perdimos, ahora ha muerto. Sin justificarla, podemos entender su involución, al tiempo que advertimos contra el crecimiento del número de personas que, como ella, en toda Europa y Occidente, optan por esta solución desesperada ante la torpe complacencia de sus gobiernos monocolores con los enemigos de los valores que exaltaría la ilustración francesa, que son justamente los que representa Marianne, a quien, al paso que vamos, pronto veremos velada por un burka. (O)