Desde hace más de setenta y cinco años, podemos aprender de una obra literaria estremecedora que cumple el desafío central del gran arte de incitar a vernos a nosotros mismos: las Crónicas marcianas, del escritor norteamericano Ray Bradbury (1920-2012). Publicado originalmente en inglés en 1950, desde entonces este volumen de relatos ha sido visto como un gran exponente de la ‘ficción científica’ (o ciencia ficción), pues va contando principalmente qué ha pasado en Marte luego de que los humanos colonizáramos salvajemente el planeta rojo porque la Tierra ya no ofrece condiciones para la vida.

El entorno marciano, plagado de columnas de cristal y vastos mares que se han secado, en los que hay fósiles de todo tipo, parecería vaciado de toda especie de vida y forma de civilización. Lo inquietante es que, en este caso, los invasores no son unos alienígenas con estructuras corporales raras provenientes de mundos inimaginables, sino nosotros los humanos –un “Hombre de la Tierra”, lo califica la voz narrativa–, los terrícolas, que hemos llegado allá para arrasar con ese mundo debido a nuestra compulsión de conquistar para sobrevivir y para cumplir a fondo, con voracidad, nuestras ansias comerciales y materiales.

En una de las historias del libro, un personaje que necesita encender una estufa, por un momento, se detiene a reflexionar sobre los modos de cuidar ese planeta, pero el pensamiento que le sale es devastador: “ya habría tiempo para tirar latas de leche condensada a los nobles canales marcianos; tiempo para que las hojas del The New York Times revolotearan y planearan surcando los solitarios y grises fondos de los mares marcianos; tiempo para tirar cáscaras de plátano y las sobras de los pícnics en las estriadas y delicadas ruinas de las antiguas ciudades de los valles marcianos. Habría tiempo de sobra para todo eso”. O sea, tiempo para destruir.

En Marte los humanos hemos replicado la destrucción que hacemos en la Tierra, lo que nos plantea una cuestión fundamental: o acabamos con cualquier tipo de vida, incluso la de nosotros mismos, o evolucionamos hacia estados más conscientes para habitar espacios en los que podamos convivir respetuosamente con nuestros semejantes, por muy diferentes que sean. En el fondo, Bradbury nos lleva a Marte, gracias a la imaginación, no necesariamente para explorar mundos desconocidos, sino para hacernos pensar en lo que somos y cómo actuamos los humanos. Por eso este libro es de una desolación irreparable.

Lo que se revela es nuestra incapacidad para convivir en medio de las diferencias. Nuestra vida cotidiana real parece un escenario en el que se desmoronan rápidamente valores e instituciones que creíamos estables: batallas contra los inmigrantes allá; guerras del narcotráfico acá; políticos que mienten más mientras más alta es la jerarquía del cargo que ocupan… Las Crónicas marcianas son una exploración de la psique humana, pues nuestro comportamiento es igual aquí en la Tierra que en Marte, un lugar habitado por fantasmas de unas formas de vida con las cuales no supimos lidiar. Nuestra conducta civilizatoria propende a la destrucción de los otros y sus entornos. (O)