La dimisión de Joseph Kent como director del Centro Nacional Antiterrorista de EE. UU. terminó por dinamitar la poca credibilidad que tiene el presidente Donald Trump y su polémica administración republicana, al dejar en claro –ese alto funcionario– no solo su inconformidad con la guerra que se desarrolla ahora mismo en Oriente Medio, sino también transparentar, sin ambages, aquello que ‘Irán no representaba ninguna amenaza inminente (...)’ y que ‘... iniciamos esta guerra debido a la presión de Israel y su poderoso lobby estadounidense’. Estas palabras que golpean con la fuerza de un misil no provienen de voces iraníes o de sus aliados, todos sedientos de aplicar, a raja tabla, el principio del talión. No. Esa afirmación la hace quien hasta hace poco tuvo bajo su administración el análisis de la inteligencia antiterrorista americana. De ahí que más allá de las expresiones protocolarias que utiliza Kent para anestesiar el contenido su misiva, desvela, en lo esencial, un hecho bastante incómodo y que ratifica la máxima que sostiene que en un conflicto armado la primera víctima es la verdad.

Recordemos que, en junio de 2025, en la guerra de los doce días, el presidente Donald Trump ya anunció que el programa nuclear de Irán había sido destruido. No obstante, meses después, Israel y los Estados Unidos, huérfanos de argumentos, pretenden justificar una nueva arremetida militar contra el país persa, reeditando el fantasma de las armas nucleares y los peligros que representa para esa convulsionada región y el planeta. En este punto, alguien miente con abierto descaro...

Lo cierto es que, en esta oportunidad, la respuesta iraní ha sorprendido por su gran determinación y capacidad tecnológica, representada en una enorme producción de drones y misiles, que le permite confrontar y debilitar en el tiempo al enemigo, ahora sí con impredecibles consecuencias en el escenario de una escalada del conflicto, lo cual amenazaría la paz mundial y la propia supervivencia de la población, una vez que se altere el llamado equilibro del terror que lo ejercen las superpotencias atómicas.

Y es evidente que una peligrosa consecuencia de la política intervencionista repotenciada por el trumpismo, a más de profundizar el sentimiento antiamericanista (lo cual supone un problema de seguridad), también destroza el derecho internacional y los acuerdos que permiten crear condiciones para una convivencia pacífica y ordenada de la sociedad de naciones, donde se impongan las normas por sobre la fuerza. Esa condición civilizatoria, que se traduce en un pacto social, nos distingue, precisamente, del estado de naturaleza del que hablaba Thomas Hobbes.

Y en la medida en que prevalezcan ya no el derecho ni los acuerdos, sino la fuerza militar o los condicionamientos económicos unilaterales, estamos retrocediendo a la ley de la selva, donde vive el más fuerte o sobrevive quien decide bajar la mirada frente a su opresor.

Ante ese orden mundial caótico surge la necesidad de la integración de los países a fin de agregar un mayor peso político y económico a los bloques y enfrentar juntos unas asimétricas relaciones de poder. (O)