Entre enero y abril de 2003, cuando Estados Unidos se aprestaba a invadir Irak con sus aliados, se produjeron cerca de 300 protestas en el mundo, congregando a alrededor de 36 millones de personas, siendo la de Roma la más grande, con 3 millones, considerada la mayor movilización antibelicista de la historia. En Europa, entre un 75 % a un 90 % de la población se opuso a la guerra, que tantos muertos, torturas y daños materiales causó y que Bush justificó acusando al país árabe de contar con armas prohibidas, nunca encontradas en la invasión no autorizada por la ONU. Los pueblos sabían la verdad y por ello gritaban en las calles “No más sangre por petróleo”. Ahora Trump, sindicando de narcotráfico a Nicolás Maduro, lo que el propio The New York Times desmintió, dispuso la invasión de Venezuela y el secuestro de él, luego de lo cual declaró que la gobernarían y tendrían el control de la venta de su petróleo.

La mayoría de ciudadanos estadounidenses, que en las calles también se habían expresado multitudinariamente, manifestó que la guerra contra Irak había sido un error. Un periodista de ese país escribió: “Todavía podría haber dos superpotencias en el planeta: Estados Unidos y la opinión pública mundial”.

Antes también la conciencia del pueblo de EE.UU. se había opuesto a las guerras de su Estado contra otras naciones. Una de ellas fue la que libró contra México, con la cual se apropió de más de la mitad de su territorio en el siglo XIX. Quienes levantaron su voz la veían como una guerra inmoral y expansionista, para extender la esclavitud en otros territorios. El gobierno de Polk inventó un derramamiento de sangre del que Lincoln pidió pruebas y no las dio. El insigne Thoreau, que propugnaba la “desobediencia civil” contra un gobierno injusto, se rehusó a pagar impuestos para financiar el conflicto y fue encarcelado. El general Grant, que participó en la guerra, después se arrepintió por estimar que era injusta.

En lo posterior, igualmente con un incidente inventado, la emprendió EE.UU. contra Vietnam, para evitar perder su influencia en la zona. Miles y miles de estadounidenses protestaron en las calles y a medida que crecía el bombardeo contra el pueblo asiático, crecían las protestas. Las consignas eran: “No al colonialismo, no a la agresión no provocada, resistencia al servicio militar y el humanitarismo”. Muchos no se reclutaron y quemaron sus cartillas militares. Entre las distintas formas de protesta estuvieron la auto inmolación de tres personas, una por la quema de niños vietnamitas con napalm, otra una mujer de 82 años, que había huido del nazismo. Incitaron a la desobediencia civil, a no pagar impuestos. Martin Luther King. Jr. rechazó que enviaran a morir a afroamericanos, mientras en casa no se protegían sus libertades básicas, dijo que debían invertirse los recursos bélicos en programas para desarrollar la igualdad social y económica. Cuatro monjas se arrodillaron ante la Casa Blanca y oraron por la paz, lo que se convirtió en un gesto habitual. En 1968, soldados estadounidenses asesinaron a cientos de civiles desarmados (hombres, mujeres, niños y bebés) en la aldea de My Lai, violaron y mutilaron mujeres, mataron el ganado, quemaron las casas y arrasaron el poblado por completo. Un suboficial vio lo que sucedía desde un helicóptero, dispuso a su tripulación aterrizar en medio de los exterminadores y los sobrevivientes y disparar a aquellos si seguían matando. Informó del particular y se ordenó un alto al fuego, pero más de un año se encubrieron los hechos. Un soldado se enteró de ello y escribió al presidente Nixon y a algunos congresistas, uno de estos alertó y se acusó al oficial al mando de la masacre de 22 de las víctimas, siendo sentenciado a cadena perpetua, mas sólo pasó tres años y medio en la cárcel, por el indulto decretado por Nixon (nazi). Tres hombres fueron la conciencia de su nación por esa matanza, que no fue la única. El FBI y otras agencias estatales espiaron, acosaron y desestabilizaron a muchas organizaciones contrarias a la guerra, que terminó con el saldo de 966.000 a 3.010.000 vietnamitas aniquilados y 58.159 estadounidenses sacrificados por quienes los mandaron a morir desde sus seguros escritorios. El pueblo norvietnamita con su lucha y el estadounidense con sus movilizaciones, consiguieron concluir con la vesania criminal.

Sin embargo, como sostiene Noam Chomsky, faro de la potencia del norte, “No es posible entender de forma realista a quien gobierna el mundo, sin hacer caso de los “amos de la humanidad”, como los llamó Adam Smith: en su tiempo, los comerciantes y los dueños de las industrias de Inglaterra; en el nuestro, los conglomerados multinacionales, enormes instituciones financieras, emporios comerciales y similares…”. En cuanto a Europa, arrodillada a EE.UU. desde hace años, más aún a quien gobierna con amenazas, agrega el sabio: “Que la toma de decisiones haya pasado a la burocracia de Bruselas, con los bancos del norte proyectando su sombra sobre las actuaciones de la UE, significa que la democracia ha retrocedido”. Así pues, otros sostienen las pistolas cuyos gatillos los ejecutores halan. (O)