En los cursos de estrategia empresarial te enseñan que el concepto de volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad (VUCA, en inglés), que nació en el U. S. Army War College en 1987, se utilizó para describir el escenario geopolítico tras el colapso de la Unión Soviética. El mundo ya no era “binario” (EE. UU. vs. URSS), sino que se volvió un lugar mucho más caótico, sin un enemigo único o una línea de frente clara. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, el término cobró fuerza y comenzó a ser adoptado por líderes empresariales para explicar por qué las planificaciones estratégicas a cinco o diez años ya no funcionaban como antes.
Pues hoy, marzo del 2026, este concepto tiene su expresión más cruda y devastadora, cuando el estruendo de los misiles en el horizonte de Europa con las tensiones fracturadas en Oriente Medio no solo está redibujando los mapas geopolíticos; está demoliendo, de forma definitiva, la ilusión de un orden mundial previsible.
En nuestro propio suelo, esta teoría se ha vuelto sangre y fuego. Ecuador se encuentra hoy en el umbral de una guerra interna sin precedentes, en la que el Estado finalmente ha decidido enfrentar el poderío desmedido de las estructuras narcocriminales. Ya no es una disputa en las sombras, sino un conflicto abierto por el control del territorio y la soberanía misma. Esta lucha doméstica no es ajena al caos global; es el reflejo local de un mundo fragmentado donde los carteles operan con la logística de ejércitos y la crueldad de extremistas, obligándonos a entender que la “seguridad” ya no es una garantía estatal, sino un frente de batalla cotidiano.
Pero esta guerra ya no se libra solo en el intercambio de fuego de misiles o drones, sino en los servidores, en las fibras ópticas y, sobre todo, en la percepción de cada ciudadano con un celular en la mano. Estamos ante la “guerra total de la información”. En este escenario, la volatilidad no es un gráfico de mercado, sino el cambio de una narrativa en cuestión de segundos tras un ataque con drones. La incertidumbre no es una duda empresarial, es la imposibilidad de distinguir un video real de una atrocidad fabricada por IA (inteligencia artificial) para desmoralizar a una población, la complejidad y ambigüedad no nos permiten ver cuál es la verdad, con quién debemos alinearnos, de acuerdo con nuestros valores.
Cuidar la información en esta época ya no es un consejo de ciberseguridad, es hoy un ejercicio de resistencia civil. La complejidad actual no nos permite reconocer quién disparó el primer tuit. ¿Qué hacemos cuando la verdad es, sistemáticamente, la primera baja en este campo de batalla?
La protección de nuestras familias ya no se limita a cerrar la puerta con llave, hoy implica blindar nuestra capacidad de pensar y sentir sin ser manipulados. Ante la tormenta de algoritmos, el hogar debe ser un refugio de la realidad. Enseñemos a nuestros hijos y mayores una regla de oro: Si una noticia o video te genera una reacción emocional extrema (ira, miedo o euforia), no lo compartas, no eres tú el que reacciona, es un algoritmo prefabricado para eso. Dudar y verificar lo que vemos en nuestras pantallas y confirmar sus fuentes es hoy un acto de amor y supervivencia. (O)












