En un artículo anterior señalé que la salud mental atraviesa una crisis que ya no admite eufemismos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), una de cada ocho personas en el mundo vive con algún trastorno mental y en América Latina, el fenómeno se acentúa de manera alarmante.

En este contexto de abandono institucional proliferan fenómenos psicológicos y culturales que merecen ser analizados con rigor clínico. Entre ellos se encuentran la disforia de género y el llamado fenómeno therian, en el que una persona afirma identificarse como un ser no humano, frecuentemente un animal. Aunque estas manifestaciones suelen presentarse como expresiones identitarias o formas de pertenencia cultural, su expansión en ciertos entornos sociales plantea interrogantes legítimos desde la psicología y la psiquiatría.

Conviene precisar que identificarse como terian no está reconocido como enfermedad mental en los manuales diagnósticos como el DSM-5 ni en la Clasificación Internacional de Enfermedades de la OMS. En muchos casos se trata de formas de autoexpresión, particularmente entre adolescentes sin control ni apoyo parental, que atraviesan procesos de búsqueda identitaria. Pero en la práctica clínica se advierte que estas conductas pueden volverse problemáticas cuando implican deterioro funcional significativo: pérdida de contacto con la realidad, dificultades escolares o laborales, o comportamientos obsesivos.

Algo similar ocurre con la disforia de género. La OMS retiró la “transexualidad” de la categoría de trastornos mentales en 2019, trasladándola a la sección de condiciones relacionadas con la salud sexual. Ello respondió, en gran medida, al activismo woke y a una discusión ética y política orientada a reducir el estigma. Sin embargo, desde el punto de vista clínico, la disforia de género sigue describiendo un estado de malestar psicológico significativo asociado a la identidad sexual.

En psicología, el criterio fundamental no es la aprobación cultural ni la validación ideológica de una identidad, sino el bienestar psíquico del individuo. Cuando una persona experimenta sufrimiento, confusión persistente o desconexión con la realidad, corresponde abordarlo con herramientas clínicas. Psicólogos y psiquiatras coinciden en que estos casos deben tratarse con prudencia, sin ridiculización ni estigmatización, pero sin promocionarlos, regularizarlos ni renunciando al análisis científico.

La salud mental exige seriedad. Confundir fenómenos psicológicos complejos con meras expresiones de identidad, con derechos o corriente social, puede terminar invisibilizando necesidades reales de atención terapéutica. Los dos trastornos son aberraciones, desviadas de la normalidad, lógica, ética o moral.

El desafío consiste en mantener el equilibrio entre el respeto a la dignidad de las personas y la responsabilidad de abordar, con criterios clínicos, aquello que pertenece al ámbito de la salud mental. Si bien no son consideradas enfermedades, tampoco forman parte del derecho humano a la identidad, sino trastornos mentales que pueden y pretenden llegar a la depravación de la pedofilia, auspiciadas por la ideología de género. (O)