Tuve una vez, en un tiempo y un lugar que ya no parecen míos, una profesora que se pintaba los labios de rojo con tal convicción que dejaba huellas hasta en sus dientes. También las colillas se acumulaban en el cenicero de su oficina marcadas de besos y yo las admiraba mientras ella me hablaba de literatura española con una pasión contagiosa. Murió pocos años después, cuando yo ya residía en Alemania y mi vida en Ecuador se disolvía en la dictadura del día a día que ahoga la nostalgia. El torrente de la cotidianidad nos arrastra imparable y a aquellas personas que antes fueron cercanas y cotidianas el tránsito vertiginoso hacia el futuro las va desechando sin piedad. Incluso esos amores a los que juramos eternidad y esos cómplices de la adolescencia con quienes soñamos viajes aventureros, incluso esos se van con la espuma de los días.

Qué pesado sería el corazón si se aferrara a todas las personas que componen los cuadros que van construyendo nuestra existencia. Y quizá lo es, pesado, el corazón: preñado de voces y recuerdos y vínculos indelebles. Esa mejor amiga de la infancia cuyo hogar tenía gatos maravillosos y de la que aún conservas cartas de tierna amistad, pero que un día sin más te quitó por siempre la palabra, ese tío generoso que te ayudó a crecer y que ahora ves cada lustro para intercambiar frivolidades, el vecino con quien jugabas al fútbol hasta el anochecer, el portero de la escuela que era la primera persona en saludarte con una sonrisa cada mañana: son tantos los que entran y salen dejando huellas en nuestras vidas. ¿Hace duelo el corazón por esa gente a la que perdimos aunque siguiera viva así como llora a sus muertos?

A los 24 años emigré a Alemania y en un principio mi ligereza juvenil no comprendió que arrancaba así un proceso radical que me transformaría de maneras impredecibles. Fue mi inconsciente el que se adelantó a explorar las secuelas de la nueva situación: empecé a soñar cada noche con mis compañeras de escuela, esas chicas con quienes pasé doce años de mi vida en ese carrusel de juegos y aprendizajes, dramas y desencantos, soledad y complicidad. Llevo ya casi 20 años en Leipzig y todavía sigo descubriendo el significado de esas separaciones que parecían tan radicales, pero que últimamente han tomado un giro desconcertante. El embrujo de las redes sociales genera la ilusión de continuar en contacto diario con parientes y amigos de la infancia. Se han colado en mi cotidianidad las imágenes de sus hijos, sus viajes y fiestas a donde asisto como un fantasma que está y no está ahí. El duelo que mi corazón empezó a hacer tras la despedida de mi tierra se pasmó en una especie de limbo donde convivo virtualmente con gente lejana alimentando la ilusión de seguir conectados. Confundido, el corazón se desgasta en comunicaciones esporádicas con gente que nunca se termina de ir pero que tampoco regresa, aferrado a la idea de pertenecer a un mundo donde ya no está. Y esos abrazos urgentes y deslumbrados que recibía en mis primeras visitas han sido reemplazados por saludos desorientados por la vaga sensación de haberse visto recién ayer, virtual, fantasmagóricamente. (O)