Liberación, invasión, extracción son, entre muchos otros, los calificativos utilizados para referirse a lo ocurrido en Venezuela. Más que etiquetas para identificar los hechos, son juicios de valor derivados de posiciones políticas que no se definen por principios, sino por conveniencias. No llama la atención que todas esas opiniones sean absolutamente incongruentes con lo que las mismas personas que las pronuncian sostenían hasta pocas horas antes de los hechos. Quienes defendían y defienden al gobernante autoritario “extraído” en la madrugada ahora se rasgan las vestiduras en nombre de la democracia. Los defensores de las libertades y la soberanía han devenido en pragmáticos que justifican los medios violentos utilizados, ya que supuestamente permiten alcanzar fines superiores. Por ello, y para no caer en esas contradicciones, es conveniente evitar las calificaciones, por lo menos hasta contar con la distancia histórica adecuada.

En términos más prácticos convendría acudir a Jano, con su capacidad de mirar al mismo tiempo hacia atrás y hacia adelante. Hacia atrás para tratar de entender los motivos de la acción ordenada por el presidente de EE. UU. y hacia adelante para especular (no se puede sino especular) acerca de los efectos. Respecto a lo primero, es conveniente dejar por un momento de lado los juicios de valor sobre los dos actores de este drama. Más allá de las características autoritarias del régimen chavista y de los afanes expansionistas de Donald Trump, es importante preguntarse por aspectos tan prácticos como el objetivo y la modalidad utilizada para esa acción.

Sobre el objetivo no hay mucho que agregar a lo señalado por el presidente de EE. UU. De sus palabras y sus hechos se desprende que no buscaba derrocar a un régimen autoritario, corrupto y vinculado al narcotráfico, sino establecer una forma de protectorado adecuado para viabilizar los negocios de las compañías petroleras de ese país. Ni democracia ni fin del chavismo. América para los norteamericanos.

Sobre la modalidad utilizada se puede intuir que, por un lado, se trató de la puesta en práctica de un nuevo tipo de guerra. Esta no depende principalmente de la capacidad de fuego, sino de la cibernética. Los rambos que luchaban en escenarios selváticos fueron sustituidos por softwares sofisticados que no solamente invalidaron las precarias defensas de la principal plaza militar venezolana, sino que controlaron con precisión milimétrica y en tiempo real los escasos movimientos reactivos de la guardia conformada mayoritariamente por cubanos. Las acciones estaban no solamente diseñadas, sino en gran medida ejecutadas desde varios miles de kilómetros de distancia.

Pero todo eso no se entiende sin la complicidad de personas que actuaron desde el interior del régimen venezolano. La supervivencia de la cúpula exigía el sacrificio de alguno o algunos de ellos. El paso de los días dirá si la entrega de Maduro y “la primera combatiente” fue suficiente o si la cuota está incompleta y deberá incluir a otros. Por simple asociación de ideas, esto recuerda la entrega del Mayo Zambada por parte del hijo del Chapo para dejar intocado el negocio de cada uno. Es importante considerar esas características de los hechos concretos, porque de ellas dependerá lo que suceda en adelante y, sobre todo, para entender que la “extracción” efectuada no significa el derrocamiento de un régimen autoritario. (O)