Revisando papeles viejos me encontré con un artículo de los que publicaba en El Telégrafo cuando era tan acertadamente dirigido por el Dr. Roberto Hanze Salem. El comentario del 27 de enero de 1986 era sobre la violencia del narcotráfico y el terrorismo. En estos 40 años, las actividades narcodelictivas se han multiplicado y perfeccionado. Siendo tan rentables, han aumentado los cultivos de la planta, han mejorado las técnicas de transporte y utilizan aviones, barcos y minisubmarinos y no se sabe cuántos medios más. Tenemos la triste sensación de que, a pesar de las grandes capturas que se publican y el afán de nuestros Gobiernos por combatir el negocio, este sigue produciendo ganancias y dinero para comprar abogados, jueces, autoridades de todo tipo hasta de muy elevados cargos que viven, por sí mismas o por sus parientes y socios, del dinero sucio. Por supuesto, hacen gran esfuerzo por lavarlo, pero queda el tufo y el disfrute, aunque el dinero no huele, como decían los latinos: pecunia non olet. Algunos muy inteligentes tratan de integrarse en círculos sociales respetables y adquieren propiedades en barrios exclusivos.
Pretendo ser realista al decir que el negocio seguirá y que tendremos que ser más imaginativos que los narcos para triunfar en la guerra que se les ha declarado. Nos motiva una causa más noble: la salud de nuestra niñez y juventud. Es infame enrolar y entrenar como sicarios a menores de edad, aprovechando su pobreza o condiciones materiales adversas. Para los capos de la mafia, eso no cuenta. Ya tienen podrida el alma.
El negocio, lo diga una vez más, es simple: cultivo y vendo cocaína porque alguien la consume y paga sus altos precios. El consumidor se envicia y siempre pedirá más y pagará el precio que le piden. Nosotros estamos inmersos porque somos la ruta para que la droga llegue a los consumidores.
En guerras internas de bandas siempre hay muertos colaterales. Nosotros ponemos la parte trágica, los muertos, para que miles de viciosos puedan saciarse. ¿Hasta cuándo?
Hasta cuando los países consumidores hagan esfuerzos serios para educar en la salud a sus niños y jóvenes, para hacerles conocer la parte fea del consumo que es el vicio, la pérdida de la salud y hasta la vida. Se cuentan centenares de miles de muertos por consumir fentanilo en los EE. UU. Si se quiere en verdad terminar con el negocio de la droga, hay que aminorar y extinguir el consumo, la demanda.
Ecuador puede proponer en los organismos internacionales, la ONU, la Unesco, la FAO, que los países desarrollados se incorporen a la lucha contra el narcotráfico, en sus propios países. Claro que es difícil, pero no imposible. Sabemos que el combate contra el narco cuesta dinero en sueldos y honorarios de personas y proveedores, en armas y municiones que disminuirían y se terminarían en algún tiempo, pero tendrían los gobernantes que diversificar las fuentes de trabajo utilizando más creativamente el dinero que se gasta en la guerra. Sería una variante del Plan Marshall.
Hay que abrir la discusión y formar conciencia social. Puede parecer iluso el planteamiento, no soy el primero ni el único en proponerlo. (O)