¿Les conté que siempre quise ser profesora y que a la vejez llegué a serlo? Y al igual que Lenín Moreno, no me merezco a mis alumnos. Pero porque son demasiado para mí, me quedo corta.
Llegó al taller de narrativa como todos, con esa mirada de quien va a descubrir algo. Tan pronto lo escuché leer el primer ejercicio no me pude aguantar las ganas y le pregunté de golpe: “¿Escribes poesía?”. Él, como pillado en falta, dijo que no era poeta, que solo tenía algunos garabatos de juventud. Obviamente no le creí y además auguré mi fracaso como la maestra improvisada que me siento, a pesar de andar siendo #LaProfeFavorita, como me han apodado mis alumnos, desde hace fu. Me equivoqué, Francisco Terán Hidalgo tomó un taller y otro y otro y otro…
“Publiqué una novela”, me sorprendió un día. Y sí, Francisco, mi alumno, escribió una novela impecablemente editada por Premisa Editorial. Y sí, Francisco, mi alumno, escribió la novela Entrecielos, sobre la que él y yo, fuera ya de la pantalla del Zoom, dialogaremos este sábado 31 de enero.
Dice él que yo le hago escribir a mansalva. Que no le doy tiempo a respirar, ni a morderse los labios, ni a entornar los ojos, ni a pensar.
Pero él se allana, y toma la consigna y parece, como diría Julio Cortázar, que en los 20 minutos que les doy para escribir, “deja de ser él y su circunstancia y sin razón alguna, sin preaviso, sin el aura de los epilépticos, sin la crispación que precede a las grandes jaquecas, sin nada que le dé tiempo a apretar los dientes y a respirar hondo…”, escribe sin pausa y nos lleva, a mí y al resto de participantes, a visitar su nostalgia, a recorrer sus calles, a verlo con pantalón corto y educadito saludando a las visitas, teniendo miedo y llorando a veces.
Y así mismo me imagino yo que debe haber escrito Entrecielos, ya lo averiguaré este sábado.
La novela de Francisco Terán Hidalgo invita al lector a meterse en varios cielos. Nos lleva de España a Ecuador, de unos paisajes a otros, de unos afectos a otros, de unas nostalgias a otras. Porque a la novela la atraviesa cierta melancolía indescifrable. Aunque hay encuentros y luces y sombras y montañas y atardeceres y abuelos y amores y amares.
De un tiempo circular, a pesar de las idas, venidas, desencuentros, olvidos, pesares y alegrías, quien lee Entrecielos se mete de lleno en esos paisajes, en esas pieles y sentires diversos. En los mundos que supongo habita Francisco con su imaginación, sus palabras certeras y su poesía.
Los ambientes también son diversos, igual que los cielos están aquí y allá. Con la misma riqueza de lenguaje describe la elegante casona española donde la abuela trabaja de ama de llaves y el niño Pablo se cría; como la finca cerca de Quito desde donde ve atardeceres. Parece que el autor, como dice Silvia Kohan, se reinstala en el tiempo y en el espacio, siente en la piel las “luces, sombras, rincones, escondites, fiestas, duelos” y los recrea para deleite de sus lectores.
Podría seguir contando, sin embargo, no me tienen que leer a mí, sino a Francisco Terán Hidalgo, un escritor comprometido con la escritura, con la poesía y con la vida. Nos vemos el sábado. (O)