En la última semana se divulgaron distintas encuestas en las cuales se medía la percepción ciudadana respecto de temas tan variados como los niveles de aprobación de Daniel Noboa y Rafael Correa, tendencia de voto en las próximas elecciones seccionales, niveles de optimismo, percepción de los principales problemas, etc; llamó la atención el hecho de la marcada desigualdad de los indicadores, más de 17 puntos, de dos de las encuestadoras en relación con la imagen del presidente, pues mientras una medición indicaba un fuerte descenso, la otra señalaba que el respaldo popular se mantenía en porcentajes todavía muy altos. También fue motivo de discusión el hecho de que en una de las encuestas se determine el apoyo significativo que seguiría teniendo el expresidente Correa, lo que motivó a que mucha gente se pregunte (pregunta usual en los últimos tiempos) qué tan creíbles son las encuestas.
En realidad muy poco. Respecto de las encuestas se ha dado en los últimos años un fenómeno global que cuestiona la veracidad y credibilidad de ellas, a tal punto que se sostiene que han terminado convirtiéndose en simples herramientas de propaganda política, dispuestas a ofrecerse al mejor postor. En esa línea, se argumenta que las encuestas terminan por exhibir los datos, números y cifras que “interesan” a los grupos políticos o de otra índole que los contratan, llegando al punto de distorsionar proyecciones y resultados sin el más mínimo pudor. Creo que bajo la relatividad de la política en general, los fundamentos éticos de las encuestadoras han llegado a los niveles más bajos de los últimos tiempos, lo cual no significa que todo trabajo de medición necesariamente sea falso o falto de fundamento, pues de hecho hay encuestadoras que sí hacen de forma muy profesional su trabajo, como se acaba de demostrar en las recientes elecciones peruanas.
El otro enfoque que determina la poca credibilidad de las encuestadoras se refiere a la respuesta efectiva de los encuestados, pues, si bien siempre ha existido cierta reticencia de parte de la gente de responder con veracidad y convicción ante ciertas preguntas –lo que contribuyó a sugerir la teoría del voto oculto–, en la actualidad existe un desdén o molestia al contestar las preguntas de las encuestas, cualquiera que sean, lo que lleva a que en muchísimos casos, o no se tome en serio el trabajo de medición, o, lo que es peor, se responda de forma contraria y con toda la intención de causar una distorsión de lo que el encuestado realmente piensa de un tema determinado. Esa realidad ha obligado a las encuestadoras serias a encontrar nuevas vías de investigación, sin perjuicio de que la mayoría se mantenga apegada a la vieja metodología, lo que a su vez explica el fracaso ruidoso de las encuestadoras a nivel global en los últimos años.
Quizás George Gallup, creador del modelo estadístico de las encuestas hace 90 años, se sentiría indignado si constatare en lo que se han convertido las encuestas en estos tiempos, con su credibilidad hecha polvo. Pero mientras tanto, ahí siguen las encuestas, aquí y en otras partes, afirmando realidades alternativas y otras distorsionadas. Ese quizás sea el objetivo, que cada uno crea lo que quiera creer. (O)