Alguien dijo que “el poder es la posibilidad de hacer daño”. Y, sí, el abuso del poder es la capacidad de imponer obediencias indebidas, es la fuerza que ha transformado la “justicia” en venganza y a la libertad en servidumbre; la que ha enredado la razón en las telarañas de la burocracia. Ese poder ha marcado las sociedades según los intereses de sus caudillos. Es el poder quien está detrás de las guerras y las armas, de las migraciones y las tragedias. Es el poder el aval de los grandes intereses.
En nombre de la voluntad de poder se han hecho revoluciones, se han construido ideologías y dogmas, se ha convertido en lugar común a lo inaudito, se ha satanizado la verdad y se ha negado lo evidente. Y se han edificado imperios. Las doctrinas políticas –desde la monarquía hasta la democracia– son la búsqueda constante de justificaciones, de “razones” para convertir la servidumbre en ética, el miedo en aplauso, el silencio en homenaje. En nombre del poder se suprimen los derechos y expropian las libertades. Y se ha vendido la felicidad como mercadería.
Con la excusa de que hay que ceder espacios para hacer posible la convivencia, nos han transformado en habitantes de ciudades que están matando nuestra intimidad y nuestro silencio.
En nombre del poder y de la revolución, cada vez con más frecuencia, los países se convierten en infiernos, y crecen sin pausa las multitudes de migrantes, y se acrecienta la audacia de los déspotas y el respaldo de sus cómplices.
En nombre del poder de un caudillo y de la nostalgia de otro, los semáforos de Quito se llenaron de hombres y mujeres que llegaron de Venezuela en busca del destino que perdieron en su patria.
Ellos son el testimonio del abuso de poder. Y son una razón incuestionable que anula los discursos de políticos e “intelectuales” que endiosan al socialismo y pretenden encubrir su catástrofe.
Ni el poder ni la revolución ni la ideología ni siquiera la democracia pueden ser argumento para rebasar los límites que la razón impone.
Ningún proyecto justifica la lesión a los derechos que forman parte del patrimonio moral de cada ser humano. Las fronteras no son bastiones para encerrar a las personas al estilo de la Cuba de Castro. Ni la soberanía puede servir de excusa para empobrecer a la gente y destruir una sociedad. Para superar el absolutismo y los abusos se inventó el Estado de derecho y se imaginó la Constitución.
En ejercicio de poder se anulan las instituciones, se condicionan las leyes, se eliminan principios fundamentales del derecho internacional, y se transforma a los Estados en provincias de cualquier imperio.
El límite al poder es uno de los asuntos más serios que deben discutirse. No hay excusa para no hacerlo. Límites internos que apunten a la legitimidad, eficacia y responsabilidad política de la democracia, y límites externos que reafirmen el concepto y la función de la soberanía. Las patrias no son absolutos. La patología que las enferma se llama nacionalismo. La historia está llena de tragedias que tienen su signo. (O)











