En un país atravesado por la inseguridad solemos creer que las soluciones válidas deben ser complejas, engorrosas, casi heroicas. Hablamos de reformas históricas, planes integrales, cambios estructurales, que prometen cambiar el futuro. Mientras tanto, en la vida real, la gente sigue muriendo por detalles. Por descuidos. Por decisiones administrativas tomadas con una mezcla letal de pereza, rutina y ese “Así se ha hecho siempre” que termina siendo una condena.
Mientras esperamos las grandes reformas, que llegan tarde o nunca, la vida cotidiana sigue vulnerable, improvisando defensas mínimas frente a amenazas máximas. Tal vez haya que empezar por otro lugar: por soluciones pequeñas, aparentemente banales, pero urgentes. Que salvan vidas.
Un ejemplo reciente y estremecedor: el secuestro y asesinato de médicos y personal administrativo de hospitales. No son hechos aislados; hay un patrón. Muchos profesionales de la salud están obligados a llegar uniformados a sus lugares de trabajo. Esa exigencia, pensada desde la comodidad administrativa, los convierte en blancos móviles. Identifica, expone, delata rutinas, horarios, domicilios. Los grupos criminales observan, anotan, esperan. Luego vienen las amenazas: colaborar, entregar información, señalar quién gana más, quién administra recursos, quien firma contratos. Si no obedeces, tu familia paga el precio. La violencia muchas veces entra por una norma mal pensada.
¿Es esta la solución definitiva? No, claro que no. ¿Una solución inmediata, simple, posible? Sí: vestirse de civil en la calle y cambiarse en el lugar de trabajo. El uniforme, solo puertas adentro. Lo mismo podría aplicarse a otras profesiones hoy expuestas: fiscales, jueces, funcionarios penitenciarios, técnicos estratégicos. Prevenir también es cuidar.
Este tipo de medidas no requiere leyes complejas ni grandes presupuestos, sino sentido común, coordinación institucional y voluntad política. Sobre todo no subestimar el valor de lo cotidiano, y que la seguridad también se construye desde lo pequeño.
Otro ejemplo ocurre en los bancos: permitir que una sola persona cobre varios cheques o haga múltiples trámites en una misma fila. Se hace para “agilizar”, pero el efecto suele ser el contrario. Filas interminables, ciudadanos expuestos durante horas, adultos mayores convertidos en blancos fáciles de robos y extorsiones. Afuera, alguien observa. Sabe quién sale con dinero, quién está cansado, quién va solo.
Prohibirlo no resolverá la inseguridad nacional, pero reducirá riesgos concretos.
Hará menos infernal la espera y menos peligrosa la salida. Son ajustes técnicos, con impacto humano real.
Quizás haga falta institucionalizar pequeños equipos que recojan estas alertas. Escuchar lo que la gente dice en la calle, en el bus, en los taxis, en la radio, en las redes, en los periódicos. No todo pasa por operativos espectaculares ni discursos encendidos. A veces, gobernar es prestar atención.
Mientras se construyen las soluciones profundas –las que atacan al narcotráfico, la corrupción y la impunidad–, no podemos desoír estas señales simples. Porque en este país, hoy, una decisión mínima puede marcar la diferencia entre llegar a casa o no hacerlo.
Y eso, aunque parezca poco, es ya muchísimo. (O)