Parecería que la catástrofe social que provoca ahora mismo aquí la pisada fuerte del narcotráfico, con su reguero de sangre y horror, fuese algo extraordinario, interminable, asfixiante. Pero en el contexto latinoamericano no es tal.

Quizás es mejor asumirlo como un doloroso turno que nos ha tocado ahora en la violenta historia del narcotráfico en la región, que es tan antigua como el momento mismo que la ciencia paralizó y dio marcha atrás con el uso de un descubrimiento “brillante” obtenido de hojas de un arbusto ancestral de los Andes, pero que se volvió incontrolable en la cotidianidad médica, y en quienes se les había promocionado como un reconstituyente, incluso en bebidas gaseosas, sin tener conciencia plena de su altísimo grado de adicción y destrucción del ser humano: la cocaína.

Desde entonces, su producción y consumo se volvieron clandestinos. Las bebidas gaseosas optaron por reemplazarla por cafeína. Y era casi obvio que quienes tenían la ciencia para extraer de esa planta el clorhidrato buscarían acercarse a los sitios de cosecha del arbusto de la coca, para producirla a una escala mayor y hacer de sus adictos, clientes. Y el primer epicentro natural de esa materia prima estaba en las montañas de Bolivia y la zona aledaña y montañosa del Perú, desde donde la hoja comenzó a permear hacia Chile y Paraguay, desde allí y con el uso de los ríos como grandes vías de transporte, a otros puntos de salida al mar por Brasil, Argentina y Uruguay. Y de allí, poco a poco, hacia el mundo.

¿Cuándo entramos los de la parte norte de Sudamérica a este baile? Cuando caen dictaduras que se hacían de la vista gorda en el Cono Sur, y cuando empezó la represión militar contra el socialismo en el continente, con Pinochet en Chile. Dicen historiadores que fue entonces cuando químicos chilenos que huían de la represión se conectaron con contrabandistas colombianos, entre los que sobresalía Pablo Escobar, para ofrecerles que dejen de lado el tráfico de artefactos y se concentren en ese prodigio blanquecino que ellos sabían hacer. Y allí creció el negocio fatal, hasta tomarse Medellín, Cali, amplias zonas del Perú. Y con la participación de avionetas contaminaron Venezuela, Guyanas, el Caribe hasta llegar con su carga maligna a la Florida.

En los 90 éramos desde acá colaboradores muy marginales de todo ese “negocito”, hasta que nos dolarizamos, y luego nos hiperflexibilizamos, con una serie de acciones ideológicas favorables a la ciudadanía universal se han venido dando en las últimas dos décadas y reventaron en nuestra cara hoy. Ahora la ruta de las avionetas ya no es lo más eficientes para las grandes cantidades del alcaloide por el que se pagan cifras exorbitantes.

Un viejo sabio al que siempre escucho insiste en cómo entender las crisis: buscar el origen. Y en esa búsqueda he entendido que hemos estado entre los últimos de la fila justo cuando la violencia mafiosa se ha magnificado y no se amedrenta por anuncios, acciones limitadas y marcos legales que ahora nos damos cuenta que, detrás de un discurso grandilocuente, le han servido al narco para marcar territorio en este pequeño país. (O)