Nos han enseñado a temer la vejez. A evitarla. A disimularla. Como si se tratara de una anomalía biológica, un error del sistema o una señal de que el cuerpo nos ha traicionado. En una época que glorifica lo inmediato, lo joven, lo novedoso, envejecer es casi una falta de cortesía. Y sin embargo, qué privilegio más inmenso.
Hay algo profundamente honesto en la vejez. El rostro ya no miente. El cuerpo ya no finge. La mirada –esa sí– empieza a decir la verdad. Y la verdad es que hemos sobrevivido. No solo al paso del tiempo, sino a las expectativas ajenas, a las urgencias del mercado, a los modelos que nos decían cómo debíamos ser. Envejecer es, en cierto modo, una forma de desobediencia. De permanencia.
Porque no todos llegan. No todos pueden decir: “he vivido”, incluso si no lo dicen en voz alta. Algunos se quedaron antes. Por enfermedad, pobreza, violencia, depresión, o por guerras que no escogieron pelear. En ese sentido, cada arruga, cada silencio largo, cada paso más lento, es una medalla invisible. Una condecoración íntima por haber llegado hasta aquí.
Pero envejecer no es solo observar cómo el mundo cambia afuera. Es, sobre todo, darse cuenta de que uno también cambia por dentro. Que ya no piensa igual. Que ya no desea igual. Que ciertas cosas dejan de doler y otras empiezan a doler más. Es descubrir, lentamente, quién eres cuando se caen las versiones anteriores de ti mismo. Hay un punto en el que uno entiende que no se está convirtiendo en alguien nuevo, sino acercándose –por fin– a quien siempre fue.
No se trata de idealizar la vejez. Tiene sus dolores, sus pérdidas, sus miedos. Pero también tiene –y esto no se dice lo suficiente– una libertad brutal. Una especie de irreverencia elegante. El que ha vivido sabe cuándo callar y cuándo hablar sin permiso. Sabe lo que pesa y lo que no vale nada. El que ha vivido deja de rogar por aprobación.
A veces me pregunto si no deberíamos rendirle más tributo a ese tiempo. A ese estar en el mundo sin prisa. A ese poder caminar por la calle sin que el mundo espere que corras, que demuestres, que compitas. A veces pienso que la vejez es la única etapa que no necesita máscara.
Nos acostumbraron a creer que la vida es una carrera hacia arriba. Que todo mejora con el tiempo. Que a los 30 tienes que haber logrado algo. Que a los 40 debes tener respuestas. Que a los 50 ya deberías estar en paz. Pero, ¿qué pasa si no es así?, ¿qué pasa si la vida es más bien una espiral, un volver a empezar, un lento descubrir?
Quizás el verdadero fracaso no sea envejecer, sino no entender lo que significa. No saber detenerse. No saber mirar con compasión al que fuimos. No permitirnos cambiar de opinión. No abrazar esa versión de uno mismo que, por fin, ha aprendido a dejar ir.
Tal vez por eso quien envejece con conciencia, se convierte en guardián de memorias, en faro para quienes aún buscan su rumbo. No porque tenga todas las respuestas, sino porque aprendió a vivir con las preguntas.
Es curioso: nos preparamos para tantas cosas, pero casi nunca nos preparamos para envejecer. Como si no fuera a pasarnos. Como si no fuera digno de celebrarse. Como si no fuera una forma silenciosa de victoria. (O)