La frase “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad” describe un fenómeno inquietante: la capacidad de la repetición para moldear la percepción pública hasta confundir lo falso con lo cierto. No se trata solo de retórica; responde a lo que la psicología denomina “efecto de verdad ilusoria”, según el cual una idea, por el simple hecho de ser reiterada, adquiere apariencia de veracidad, incluso si carece de sustento.
Aunque suele atribuirse a Joseph Goebbels, el principio ha trascendido su origen y hoy se encuentra ampliamente difundido en la política, la publicidad y, sobre todo, en las redes sociales. El cerebro humano, en su economía cognitiva, tiende a aceptar con menor resistencia aquello que le resulta familiar. Así, la repetición no solo persuade: normaliza.
En este contexto, no resulta casual que determinados movimientos ideológicos –asociados al progresismo, la agenda woke y la ideología de género– recurran a este mecanismo como herramienta central de posicionamiento cultural. Mediante la insistencia sistemática, conceptos que hace poco resultaban ajenos al sentido común son presentados como evidentes, naturales e incluso incuestionables.
Este proceso encuentra un correlato teórico en la llamada “Ventana de Overton”, un modelo que explica cómo ideas tabú inicialmente impensables o aberrantes, puede desplazarse, paso a paso, hasta convertirse en políticas públicas. Primero son marginales; luego, debatibles; más tarde, aceptables; después, razonables; y finalmente, populares y legisladas. El cambio no es abrupto, sino gradual y cuidadosamente administrado.
En sus primeras fases quienes disienten son estigmatizados como intolerantes o retrógrados discriminadores de estos grupos, lo que inhibe el debate abierto. Posteriormente, los medios amplifican el tema, muchas veces desde el sensacionalismo, contribuyendo a su normalización. Cuando la idea alcanza el estatus de “sensata”, ya ha superado la resistencia inicial y se presenta como una solución legítima. El paso final es su consagración jurídica, convirtiéndola en derecho.
Ejemplos de este tránsito abundan en el mundo contemporáneo: desde la despenalización de prácticas antes prohibidas, como el aborto, eutanasia, la transexualidad auspiciada por el Estado, el matrimonio entre el mismo sexo, etc., lo que conlleva la redefinición de instituciones tradicionales. Ya se escuchan voces que impulsan la despenalización de la pedofilia. Más allá de la posición que cada quien adopte frente a estos temas, lo relevante es comprender el mecanismo que los impulsa, y qué sector lo auspicia, muchas veces utilizando los sistemas educativos para doctrinar a los menores estudiantes.
Cuando la repetición de una ideología sustituye al razonamiento y a la biología, y la presión popular de minorías reemplaza al debate, la sociedad corre el riesgo de aceptar como verdades aquello que no ha examinado críticamente. Y en ese terreno, la frontera entre convicción y manipulación se vuelve peligrosamente difusa, llegándose a legislar a base de la emotividad sentimental y percepciones, mas, no por la razón y la ciencia. (O)









