El Foro Económico Mundial de Davos es considerado la “meca de la globalización”. La reunión de este año, que entrará a los libros de historia como un momento revelador en medio de profundos cambios globales, tuvo como lema “El espíritu de diálogo”. Sesenta jefes de Estado, más de tres mil empresarios, múltiples organismos internacionales y un muy selecto grupo de organizaciones de la sociedad civil se dieron cita en este centro alpino para escuchar, fundamentalmente, que el mundo ha cambiado y que no debemos vivir de la “nostalgia de un orden internacional”, como señaló el primer ministro canadiense, Mark Carney.
Carney concluyó afirmando que la “nostalgia no es una estrategia”; una aseveración particularmente dura para quienes hemos dedicado nuestras vidas a la formulación de un orden internacional basado en reglas, en la universalidad de principios y en la solución de controversias mediante el diálogo, la negociación o los buenos oficios.
Si bien el discurso del presidente Donald Trump acaparó la atención y sirvió para exponer su doctrina de la paz a través de la fuerza, de “América primero” y de la seguridad nacional estadounidense como objetivo global, fue la intervención del canadiense la que provocó una ovación de pie, raramente vista en Davos.
En este evento se presentaron numerosos estudios de relevancia y uno de ellos es el listado de los “riesgos para 2026-2036”: 1. Confrontación geoeconómica; 2. Conflicto armado estatal; 3. Polarización social; 4. Desinformación; 5. Recesión económica; 6. Erosión de los derechos humanos y de las libertades fundamentales; 7. Consecuencias adversas de la inteligencia artificial; 8. Ciberseguridad; 9. Desigualdad e inequidad; 10. Desempleo y falta de oportunidades; 11. Concentración de recursos y tecnologías estratégicas; 12. Migración involuntaria; 13. Cambio climático y eventos climáticos devastadores; 14. Censura y vigilancia con fines políticos; 15. Pérdida de biodiversidad y colapso del ecosistema.
El camino hacia el 2036 está pavimentado de retos complejos para un mundo fracturado y polarizado en todas sus dimensiones. La incapacidad de dialogar, de llegar a acuerdos y de buscar comunalidades y coincidencias agrava el panorama e incapacita a los Estados, a las empresas transnacionales y a los actores nacionales y globales para encontrar el camino hacia un mejor mañana. Será en este contexto donde se pondrá a prueba a quienes detenten un liderazgo ilustrado, así como su voluntad política, la experiencia y la ética necesaria para distinguir entre lo correcto y lo moralmente inaceptable.
Según Carney, estamos asistiendo “al fin de una agradable ficción y al comienzo de una dura realidad”, donde los países deben sentarse a negociar; “quien no está en la mesa seguramente estará en el menú”, y para ello será indispensable reformar las instituciones nacionales y multilaterales frente a la hegemonía del poder y reconstruir los mecanismos para que respondan a esta realidad.
El nuevo orden internacional que conocimos se desvanece para dar paso a otro, sustentado en el poder y en la amenaza del uso del poder. (O)










