“Vísteme despacio, que voy de prisa”. Napoleón Bonaparte.
A inicios del siglo XIX Francia no enfrentaba un solo enemigo, sino varios al mismo tiempo. Coaliciones enteras buscaban derrotar a un poder que avanzaba rápido, pero con cálculo. La tentación del ataque inmediato estaba siempre presente: el impulso, la adrenalina del combate, la urgencia de mostrar fuerza. Pero Napoleón entendía algo esencial: la velocidad sin orden no acelera la victoria, la compromete.
Por eso su obsesión no era el golpe, sino la secuencia. Antes del enfrentamiento decisivo venía el desgaste, la presión psicológica, la maniobra que obligaba al rival a cometer errores. Hostigar, confundir, hacer temer. Recién después, ordenar al ejército, concentrar fuerzas y elegir el momento. Saltarse pasos era perder el control. Y perder control, en la guerra, se paga con la derrota.
Ese principio de secuencia y control no es exclusivo del campo de batalla. En contextos de crisis, cuando la presión política, social o económica se acumula, resolver problemas sobre la marcha –repartiendo fuerzas, cambiando prioridades– solo conduce al agotamiento. Se gasta capital político, se dispersa la acción, se pierde coherencia.
Eso es lo que vemos con frecuencia en la política: improvisación constante y decisiones espectaculares que no corrigen el problema de fondo. Lo urgente se come a lo importante. Lo vistoso maquilla, pero no resuelve. Y cuando la expectativa creada no se sostiene, la decepción es mayor que el problema original.
La estrategia existe precisamente para administrar la sorpresa. Porque tanto en la guerra como en la política, las sorpresas rara vez son buenas. La mayoría son señales desatendidas que terminan convirtiéndose en crisis. Un país no progresa cuando todo es extraordinario; progresa cuando lo esencial se vuelve predecible.
Otro elemento que se subestima: la percepción de control. Esa percepción, en el ámbito militar, disuade; en la política, ordena y tranquiliza. La prosperidad no se mide: se percibe. Se siente cuando las reglas se cumplen, las decisiones siguen una lógica y el ciudadano puede anticipar el mañana.
Cuando esa previsibilidad no existe, la política se vuelve reactiva. Se gobierna respondiendo, no conduciendo. Cada decisión parece urgente, pero ninguna termina siendo estratégica. El resultado no es caos inmediato, sino desgaste progresivo de la autoridad.
Este diagnóstico no es abstracto. Los datos de opinión pública en el país no hablan de entusiasmo ni de rechazo estructural. Hablan de margen. Este se sostiene mientras haya dirección y se evapora cuando aparece la improvisación. No es respaldo lo que está en juego, es credibilidad. Y esa credibilidad se construye con coherencia, no con anuncios.
Ecuador no necesita más sorpresas. Necesita certezas. Necesita que lo esencial –seguridad, salud, educación y justicia– deje de ser noticia por ausencia y se convierta en realidad por consistencia. Los países no se transforman con golpes de efecto, sino con secuencias sostenidas.
La pregunta no es si tenemos la capacidad de cambiar. Es si tenemos la disciplina de hacerlo. (O)