Actualmente, siento que vivimos una obsesión por ser felices, jóvenes, exitosos y solventes, pero no para nuestro consumo, sino para publicar en redes sociales y que los otros, esos que no sabemos que nos miran, pero creemos que están pendientes de nuestra vida, vean. Percibo una constante necesidad de demostrar que no nos estamos “quedando atrás”, pero me pregunto ¿quién pone las metas?, ¿atrás, según quién? Temo que sea Instagram o TikTok, los marcadores de tendencias y es ahí donde se acercan los sedientos, carentes de metas propias y beben de las aguas de la envidia para caminar por la vida llenos de frustraciones.

De esta manera, tenemos gente triste, frustrada, amargada y viviendo bajo una ceguera selectiva que les impide reconocer las cosas buenas que sí tienen y han logrado con mérito propio, por estar enfocados en las cosas, casas, logros, viajes o estilo de vida de otras personas de su misma edad, que sí las tienen, o al menos, las publican. Algunos han llegado a obsesionarse creyendo que, si vivieran esa vida, serían felices, pero están muy obnubilados para poder aceptar y comprender que no será así. Recordemos que el césped del vecino luce más verde simplemente porque usa filtros.

En consecuencia, existe quienes se sienten perdedores por no vivir lo mismo que sus pares publican en redes sociales, gente sumergida en una profunda amargura por no tener aquello que creen, deben tener, pero incapaces de reconocer que ellos son los amos de su destino y responsables de sus actos y consecuencias. El éxito es ser genuinamente feliz con lo que se tiene, sin dejar de soñar. Tener metas claras y hacer camino para conseguirlas, pero sin perder el tiempo comparándose, porque si nos sentamos a ver las fotos o videos de los logros ajenos, jamás podremos conseguir los nuestros. Estar desenfocados y mareados con la vida de los demás nos retrasa. Por favor, concentrémonos y dejemos la envidia (no hay otro nombre para el sentimiento de desear lo que otro tiene o vive y amargarnos por no tenerlo) o francamente, aceptemos que somos envidiosos y dediquemos el resto de nuestra vida a comer hiel, pero sin molestar a quienes viven en la misma casa, porque poco se habla de la vida de aquellos que comparten espacios con esta gente que lleva una sobredosis de amargura. Estas personas que pueden ser padres, hermanos, parejas o hijos que tratan de llevar una vida agradable, esforzándose a diario, pero deben lidiar con quejas, malas caras, silencios sin razón aparente o comentarios agrios de quienes han bebido del veneno de la envidia. No es justo, los demás no deben convivir con ese tipo de frustraciones.

Corolario, es necesario reconocer que compararse es tan estúpido como tratar de barrer el mar, si no le gusta la vida que tiene, cámbiela, y si no puede cambiarla, aprenda a querer lo que tiene. Al morir nos vamos sin llevarnos nada material, ni siquiera podemos elegir la ropa con la que nos enterrarán. Lo único importante es haber sido amables desde la sencillez, felices desde el amor y agradecidos desde el corazón. Cierro esta columna con las palabras de Mario Benedetti “Se es o no se es, no importa el día”. (O)