El cuchillo aquel, que sirve igual para cortar el pan y alimentar, como también para matar, parece estar más afilado que nunca. Y si lo dudan, fíjense en toda la seudoinformación que circula en torno al conflicto bélico que se ha formado en Medio Oriente con la arremetida de Estados Unidos e Israel contra Irán, por considerarlo una amenaza nuclear; o la infinidad de versiones trastocadas que surgieron en México desde el minuto mismo en que se supo de la muerte del máximo líder de uno de sus carteles de la droga.
La analogía del cuchillo y sus usos extremos, que lo compara con el desarrollo científico y tecnológico del mundo, no es mía (ya lo he dicho antes), sino de Álex Grijelmo, brillante hombre de letras español. Y no puede ser más precisa. Con el mismo teclado y conectividad que en un rato haces el bien, puedes en otro rato hacer el mal, premeditada o irresponsablemente, con motivaciones ideológicas (las menos) o monetarias (las más) y sin remordimientos de cuántas decisiones equivocadas provocaste con ese irresponsable andar.
Es que la herramienta tecnológica ha llegado a tal grado de desarrollo que ahora hay que poner mucha atención para detectar si la imagen, discurso y entorno que estamos viendo son reales o el producto de un sagaz piloto de inteligencia artificial, que vende sus servicios al mejor postor.
En Irán se han utilizado tomas de otras manifestaciones religiosas, incluso de otros ataques y víctimas para magnificar circunstancias y efectos. Mientras que tras la reacción bélica de los carteles tras haber sido dado de baja al Mencho, se llegó al extremo de crear con IA la imagen de un avión incendiado supuestamente en el aeropuerto de Guadalajara, en momentos mismos en que miles de personas, turistas muchos de ellos, pugnaban por salir de Jalisco, lo que multiplicó geométricamente el pánico hasta bordear con el terror.
Y como estos casos recientes pueden contarse infinidad que no se compadecen de los efectos que se puede causar, en el entorno de tragedias naturales, conflictos armados o “guerras santas”, como la que ahora mismo debe estar germinando en Oriente Medio, y que ancestralmente nos han puesto en riesgo a todos, porque su campo de batalla es el mundo.
De cada veneno, letal en su naturaleza, brota muchas veces el camino hacia su antídoto. Lo que me hace suponer que la tecnología debe tener un proceso muy similar en el que el brillante desarrollo audiovisual que ahora derrocha, debe emparejarse, voluntaria o normativamente, con otro que nos advierta a las claras cuándo estamos viendo ficciones y cuándo realidades. Y si hay quienes crean que eso es artísticamente perjudicial, hay que tener en cuenta que el gran desarrollo de la televisión, desde mediados del siglo 20, fue gracias al entretenimiento, que para reír y fugar de la realidad es que se sentaban las abuelas frente al aparato de tubos e imágenes en blanco y negro. Fue después que se le agregó el enfoque con la realidad, noticiarios y programas de investigación, en franca minoría horaria, antes y ahora, con la franja divertida de la pantalla.
Urge, entonces, un antídoto para las fake news. (O)












