La diferencia entre las matanzas de Mocolí y decenas de otros hechos similares es que la primera ocurrió en una zona de alto nivel de ingreso, mientras que las otras se produjeron en barrios populares. Al sucederse diariamente, estas apenas se toman como cifras de la tétrica estadística de muertes violentas. Las alarmas se encienden cuando se hace evidente que las bandas de delincuencia organizada actúan en las urbanizaciones supuestamente exclusivas. Pero, para que salten esas alarmas es necesario que los hechos lleguen a un nivel que no puede ser ocultado. Eso es lo que nos demuestran varios episodios que no generaron mayor preocupación, como la captura de Norero en un barrio residencial o la larga convivencia de Cherres y otros personajes similares con las mismas personas que ahora se estremecen.

Es innegable que en condiciones como las que vive el país todos –sea que habitemos en barrios pobres o ricos–, no nos atrevemos a expresar nuestras sospechas sobre vecinos que dan saltos imposibles en su nivel de vida. Mucho menos nos arriesgamos a denunciarlos, aunque tengamos evidencias de los orígenes de esos cambios. El miedo nos paraliza. Es comprensible ese sentimiento defensivo cuando se trata de hacer una denuncia (que generalmente deviene en una situación kafkiana), pero que no sirve para justificar una relación de buena vecindad con esas personas o por lo menos de indiferencia hacia ellas y su modo de vida.

Hay una realidad social profunda que se expresa en un término clásico de la sociología y en una situación reconocida también por esa disciplina. Son, respectivamente, la anomia y la sanción social. La primera, trabajada por Emile Drukheim, es la condición de vivir sin normas, sin pautas de conducta compartidas por la sociedad. No se refiere a las leyes escritas, sino a las que se van estableciendo entre las personas para vivir armónicamente. Su guía es el reconocimiento de derechos y libertades de quienes conforman la comunidad sin recurrir a la violencia y sin necesidad de que haya una autoridad que ponga orden. Eso es lo que hemos perdido (si es que alguna vez lo tuvimos) y lo que nos lleva al individualismo negativo y a la consecuente desconfianza mutua. Una sociedad anómica es una sociedad desintegrada.

El otro elemento, la sanción social, tiene relación con el primero en cuanto consiste en la posición que debe adoptar cada individuo para la preservación de los valores éticos de la sociedad. Es una posición que va más allá de la enunciación de principios básicos de la convivencia –entre los que ocupa el primer lugar la honradez– y que debe materializarse en actos concretos. El más claro y efectivo de estos debería ser el aislamiento social de las personas que no respetan esos principios. Sin embargo, en sociedades como la nuestra no acudimos a ese recurso a pesar de que está a nuestro alcance y que depende totalmente de nuestros principios y de la voluntad derivada de ellos.

La desconfianza que nos lleva a responder negativamente cuando nos preguntan si le dejaríamos la llave de la casa al vecino y la indiferencia ante las muñecas de la mafia que bailan ante nuestros ojos demuestran que convivimos en la anomia y no aplicamos la sanción social. Son problemas que no se combaten con balas. (O)