Guayaquil, ciudad católica y generosa, ha sido bendecida con grandes pastores. Entre ellos, monseñor Antonio Arregui Yarza.
Los designios de Dios permitieron que, apenas ordenado sacerdote, viniera a nuestro país, desde España, para adoptarlo como suyo, y que el país lo adoptara también como un hijo más. Desde 1965, hasta el día de su fallecimiento, toda su labor sacerdotal la realizó en nuestro país. Bien dijo en su homilía nuestro cardenal Luis Cabrera sobre él: “... quien como los primeros discípulos, lo dejó todo para seguir a Jesús con un corazón entero. No dudó en dejar su familia y a su cultura, para conocer, amar y servir en nuestra patria”.
Como es usual en los sacerdotes del Opus Dei, su formación académica y su preparación intelectual fueron de altísimo nivel. Tanto como doctor en Derecho Canónico, cuanto como en jurisprudencia, sus conocimientos eran de especial profundidad. Este hecho, más su gran espiritualidad y profunda fe, hicieron que fuese una pieza clave en la Iglesia ecuatoriana. Su sensatez, su clara visión de los temas eclesiales, políticos y pastorales, le dieron un rol muy grande en la Conferencia Episcopal, donde fue secretario, vicepresidente y presidente, siendo el gran mediador, el gran componedor y el hombre que lograba consensos, pues nadie dudaba de su lúcido criterio y su siempre recta intención. Bien dijo en su homilía nuestro cardenal: “Servidor incansable de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana”.
Fue obispo auxiliar de Quito, y titular de Ibarra y arzobispo de Guayaquil. Los sacerdotes que estuvieron bajo su jurisdicción sintieron siempre al pastor que pudo guiarlos, en momentos duros y en circunstancias normales, hacia lo que debe ser el ejercicio del ministerio sacerdotal con santidad y entrega al mandato de Jesús.
Su apego a la doctrina sana, su fidelidad a la Iglesia y su auténtica vocación de servicio fueron los ingredientes que permitieron una labor fructífera, grande, visible, a pesar de que siempre la hizo silenciosa y sin alardes de grandeza alguno.
En tiempos particularmente difíciles para la Iglesia, en los cuales posiciones respecto a la doctrina y a la pastoral generaban conflictos, fue siempre sabio en orientar el camino correcto, aquel apegado a la sabia y sana tradición de la Iglesia y a la correcta interpretación de la doctrina. Por ello, su servicio no fue solamente a sus diócesis, donde fue obispo, sino a la Iglesia toda del Ecuador.
En su homilía, ya citada en este artículo, nuestro cardenal resumió todo en una bellísima frase: “Hoy agradecemos a un padre, a un pastor, a un hermano, a un amigo, a un servidor del evangelio… gracias por tu cercanía, por tu sencillez y por tu generosidad; gracias por tu don de gentes, por tu palabra firme y tu corazón compasivo; gracias por tu amor preferencial a los pobres, a la Iglesia y a este pueblo que tanto te quiere”. Creo que nadie pudo haberlo dicho mejor.
Tuve el inmenso privilegio de ser su amigo y tener su consejo en las más altas responsabilidades que tuve en mi vida pública y en mi condición de fiel de la Iglesia. Por ello, conociéndolo como lo conocí, digo con toda certeza: Adiós a un grande. (O)