Está, pero no lidera; es, pero no asume; representa, pero no sus mandantes, sino a sus intereses; gris, pálido, lúgubre, esquivo con las necesidades y hábil con la magia de ser sin realmente ser. Su entorno de asesores, colaboradores y esbirros se suma para mantener esa opacidad que casi no pinta y desespera.

François Mitterrand, presidente de Francia de 1981 a 1995, gobernó durante años con un cáncer de próstata que mantuvo en secreto, para dar vida a su nación.

Mao, el caudillo de casi mil millones de chinos, decía que “la acción no debe ser una reacción, sino una creación”; gobernaba sin pausas, feriados ni fiestas.

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Winston Churchill comenzó a gobernar como primer ministro del Reino Unido en 1940, a la edad de 66 años, durante la II Guerra Mundial, y tuvo un segundo mandato más tarde, de 1951 a 1955, ya después de cumplir los 80. Lo hacía con una energía difícil de explicar y emular.

Un biógrafo de Vicente Rocafuerte escribió que gobernó 12 años; cuando alguien lo corrigió, este explicó: gobernó tres jornadas de 8 horas cada día; descansaba gobernando.

Franco, ininterrumpido dictador por 40 años, decía que gobernaba 30 horas diarias para darle vida a España.

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Un día Carlos Larrea Jijón, contralor del gobierno de Camilo Ponce Enríquez, se automultó porque decía que había llegado tarde al despacho.

Seis historias, con huellas propias que dan una lección.

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El Ecuador estalla, realmente detona con tanta riqueza y también miseria. Ya van casi dos años en los que la estadística demuestra ineficacia en la administración de justicia, indolencia en la salud e inoperancia en la seguridad.

Propongo con humildad de gobernado manso y sufrido que se presenten las autoridades correspondientes ante agente policial y digan con la mano en el pecho: “Señor comisario, he conspirado contra el Estado, la paz y la prosperidad del pueblo”. (O)

Martín Gallardo Valarezo, mayor (SP), Quito