Recordemos una historia que relaciona el dolor de la discriminación racial con una de las composiciones más románticas y reconocidas de la música latinoamericana: Dos gardenias, obra de la artista cubana Isolina Carrillo.
Corría la década de 1940 en La Habana. Isolina desarrollaba su talento musical en la radio, acompañando a intérpretes y compartiendo sus conocimientos con quienes buscaban abrirse camino en el mundo artístico. En ese ambiente conoció a un joven colombiano que necesitaba orientación para concluir una canción. Ella, generosamente, le brindó su ayuda, sin imaginar que aquella relación terminaría convirtiéndose en una experiencia dolorosa.
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Tiempo después, al enterarse de que su conocido celebraría su cumpleaños, Isolina decidió visitarlo con un obsequio. Pero, pese a sus reiterados llamados, nadie abrió la puerta. Lo que parecía una celebración llena de alegría se transformó en una decepción.
Luego, según el relato que ha circulado sobre este episodio, supo que su presencia no había sido aceptada por el color de su piel. La exclusión y el desprecio dejaron una herida profunda en una mujer cuyo talento merecía respeto, independientemente de su origen o apariencia.
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Pero Isolina halló en la música una forma de expresar sus sentimientos. Sentada frente al piano, convirtió aquella tristeza en inspiración y dio forma a Dos gardenias, una composición cargada de ternura y romanticismo.
La canción inició su recorrido por las voces de distintos intérpretes y alcanzó una gran difusión cuando Daniel Santos la grabó con la Sonora Matancera en 1947, contribuyendo a consolidarla como una pieza emblemática.
Esta historia nos invita a reflexionar: ningún ser humano debe ser rechazado por su color de piel. El racismo contradice la dignidad, igualdad y principios de convivencia. (O)
Elio Roberto Ortega Icaza, mediador y abogado criminalista, El Coca